Si García Márquez hubiera sido paisa no habría tenido ningún problema con los diálogos, que los tiene, y muchos. A los paisas en la literatura no les da pena hablar como hablan en la vida real. Ni cinco de pena. ¿Qué tal don Tomás Carrasquilla? En la diestra de Dios Padre pone a hablar al mismísimo Dios, al Padre eterno, de la siguiente manera: “Peralta; escogé el puesto que querás. ¡Ninguno lu'ha ganao tan alto como vos, porque vos sos la Humildá, porque vos sos la Caridá! Allá abajo fuiste un gusano arrastrao por el suelo; aquí sos el alma gloriosa que más ha ganao. Escogé el puesto. ¡No ti humillés más, que ya'stás ensalzao!". Si García Márquez hubiera sido paisa se le notaría el paisa, no sería un costeño disfrazado de piedracielista. Y el primer diálogo de Cien años de soledad no habría sido aquel ceremonioso de Melquiades: “Las cosas tienen vida propia, todo es cuestión de despertarles el ánima”, sino, el siguiente, mucho mejor: “Despabílese pues, José Arcadio, ¿o es que no se da cuenta que ese embeleco es un imán?”. Claro que, hay que reconocerlo, hubiera tenido un serio inconveniente: estaría muy desactualizado. Sonaría a paisa antiguo, los jóvenes igual se burlarían de él por anticuado. El paisa ha evolucionado muy rápido en los últimos años. Entonces, precisemos: si García Márquez hubiera sido paisa y hubiera sido joven, habría escrito: “¿vos es que sos bobo?, go no rrea, no ve que eso es un imán, mal parido.
Si García Márquez hubiera sido paisa –viejo o joven, no importa- no tendríamos que esperar tantas páginas para encontrar diálogos, bastante escasos en sus obras. Y sus personajes masculinos no hablarían en ese tono sentencioso de viejos sabios ni sus personajes femeninos como sibilas de la antigua Grecia. Sería una delicia escuchar los diálogos entre Úrsula y José Arcadio:
-En vez de andar huevoniando por ahí, emberriondate a trabajar pa que esos petacones tengan pa los frisoles, o siquiera pa tomarse una aguadulce
-Bueno mija, deciles que vengan a ayudarme a sacar los chécheres de los cajones
Remedios, la bella, no subiría al cielo sino a Bogotá, para convertirse en la modelo más famosa de Colombia. El matriarcado sería igual: Úrsula seguiría mandando. Macondo no estaría rodeada de agua sino de montañas y sus habitantes tampoco tendrían una segunda oportunidad sobre la tierra. García Márquez sería igual de uribista y tendría una finquita en Rionegro al lado del aeropuerto, que llevaría su nombre. La mala hora se titularía La malparidez y el final de El coronel no tiene quien le escriba, sería idéntico, escatológico: “mierda”.
(Publicado originalmente en revista bacánika, número 53, agosto de 2011)
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