El último adiós
Estás diciendo adiós constantemente, en cada minuto de tu vida. Porque la vida es eso: un largo adiós.
Tennesse Williams
-“¿Qué le pasa hombre?”
-“No me pasa nada”, dije sin convicción
¿Cómo iba a explicarle a alguien que era apenas un conocido? No es fácil ir diciendo por ahí, al primero que se te aparece: “Es que el miércoles, a las tres de la tarde, se va a morir mi querida amiga Fabiana”. “Se va a morir”, claro, hubiera sido un eufemismo. En realidad, tendría que haber dicho: “El próximo miércoles, a las tres la tarde, mi amiga Fabiana va a tener una muerte voluntaria”. “¿Una eutanasia?” Esa habría sido la siguiente pregunta y yo no estaba con el ánimo de dar explicaciones o entrar en inútiles debates de carácter religioso. Fabiana se iba a morir el miércoles a las tres de la tarde: en una fecha fija, a una hora precisa. Yo no sabía lo difícil que era cargar con esa certeza. Todos nos vamos a morir, desde luego, pero el hecho de no saber cuándo, ni cómo, nos permite jugar con la idea de que es incierto, lejano en el tiempo, a la larga imposible. Vivimos como si fuéramos inmortales. Y ahora entendía el porqué: es humanamente insoportable saber el momento exacto de nuestra muerte. Por eso es mejor delegarle esa responsabilidad al azar. O a Dios. Como se ha hecho desde siempre.
“Fabiana se va morir el miércoles, a las tres de la tarde”. Eso no se le dice a cualquiera y menos en una fiesta de cumpleaños.
Pasó la fiesta y llegó el día. Fabiana estaba hermosa: vestida de blanco, recostada en su cama, en paz. Luego de la angustia y las tribulaciones, de los pros y los contras ante el hecho ineludible de una enfermedad incurable que la tenía postrada y sufriendo, había tomado la difícil decisión. Y había entrado en un estado de serenidad contagioso. Que me ayudaba a mí y a sus tres hijas que se encontraban allí. El ritual se cumplió tal y como ella lo había previsto. La música, las palabras de cada uno, el último adiós. Hasta el final, el médico encargado de aplicarle la inyección, le insistió en que podía arrepentirse, que ningún acto humano es irreversible. Pero ella estuvo firme en la decisión que había tomado pensando más en los que la amábamos que en ella misma. Quería dejarnos una imagen imborrable de entereza y dignidad. Se fue yendo dulcemente, como quien regresa a un país ya conocido. El golpe fue terrible. Igual al de una bomba que cae y te destroza. Aunque no es lo mismo. No es lo mismo cuando el desorden de la muerte llega y cada quien ocupa su lugar.
(Este texto de Luis Fernando Afanador se publicó inicialmente en revista Bacánika, número 61, noviembre 30 de 2011)
