Para derrotar al Barcelona, el Real Madrid deberá aferrarse a su propia historia, a su palmarés, a su colosal prestigio, a su portentoso plantel y especialmente a su director técnico, José Mourinho; un hombre poseído por el furor y la gloria, que camina con el frasco de veneno en el bolsillo.
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Ernesto Sábato - el genial escritor argentino, próximo a cumplir 100 años- asegura que la palabra testículo tiene el mismo origen que testimonio. En la antigüedad – escribe Sábato- los romanos acostumbraban a poner una mano sobre los testículos en prueba de su palabra, en prueba de que lo que afirmaban era cierto. Era la forma que tenían para refrendar una verdad...
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El hecho ocurrió el pasado sábado 19 de marzo, en horas de la tarde. Abdul, que en árabe quiere decir “sirviente de Alá”, salió de su casa en Trípoli con sus dos hijos, Akil, que significa “inteligente, que usa la razón”, de nueve años y Annakiya, que en africano quiere decir “rostro dulce”, de siete.
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En 1970, al recibir el Premio Nobel de Economía, el estadounidense Paul Anthony Samuelson pronunció en el salón de la Real Academia de la Música en Estocolmo una frase que dejó perpleja a la selecta audiencia: “El mundo se divide entre ricos y pobres; Argentina y Japón”...
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Alguien dijo que los hombres deberían hacer todos los días, por el bien de su alma, dos cosas que le desagraden...
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Las historias deberían empezar por la épica, por la aventura, por el vibrante crujir de las lanzas cortando el aire, por el ímpetu de una caballería valerosa, por la discreta y contenida admiración de ver a dos hombres peleando, espalda contra espalda, por un pedazo de tierra en donde descansar en paz; por el victorioso acero de la espada que cumple con su destino y raya el rostro del cobarde: del agresor. En la heroica hora de la batalla final todo se redime y la epopeya lo justifica todo. Lo paradójico es que las historias más simples son a menudo las más difíciles de amonedar en palabras. Sin embargo, sin narración es imposible vivir.
En el Mundial de fútbol de Sudáfrica 2010 la selección de Corea del Norte no tenía quien la aliente. Estaba más sola que el coronel Ghadafi en el día del amigo. El gobierno del temible Kim Jong II solo había autorizado a un puñado de funcionarios de tercer nivel, incondicionales a su régimen, para que se desplacen hasta África.
Por eso cuando los jugadores de la selección coreana vieron, en el primer partido frente a Brasil -¡frente al temible Brasil!- a un grupo de unas 150 personas ataviadas con trajes típicos y pintarrajeados a la antigua usanza guerrera, no tuvieron mejor idea que sonreír, que mostrarse felices y confiados ante el mundo que los miraba incrédulo por televisión. Ignoraban –lo presiento- que esos bulliciosos y folclóricos “fanáticos sin frontera” eran en realidad ciudadanos chinos de una compañía teatral, de gira por el continente negro. El brutal gobierno de Pyongyang los había contratado a última hora del día, para que no dejaran “solos a los muchachos”.
Al momento de los himnos de rigor, los “barrabravas” chinos –tercerizados- solo movían los labios, como si estuvieran rezando en voz baja. Repetían quizás algún rito teatral, de esos que los actores acostumbran a realizar antes de cada función para distender las cuerdas vocales. Entre todos esos rostros de piedra esmerilada sólo uno era autentico ¡sólo uno!, el de una mujer que lloraba genuinamente al escuchar su canción patria. Más tarde supe que esa mujer era la esposa de Kim Jong Hun, director técnico de esa selección. “Entre todos hemos convertido a este país en un chiste” decía un cartel en inglés y francés.
Como era apenas previsible esta pandilla de “inseguros” coreanos cayó merecidamente con el Scratch, por 2 a 1, en el comienzo de su peregrinaje, sin escalas, hacia el infierno. Luego fue la Portugal de Cristiano Ronaldo la que los molió a palos y los derrotó 7 a 0. En el final del tour africano enfrentaron a Costa de Marfil, equipo que se entretuvo un rato con ellos – “como juega el gato maula con el mísero ratón”- y los venció sin atenuantes 3-0. “Corea del Norte fue atacada con mucho éxito”, escribía en sus páginas interiores el Seoul Daily, un periódico de tono amarillista de Corea del Sur, su rival político.
La decepción, la afrenta, fue tan grande que a su regreso a su país los jugadores de Corea del Norte y su cuerpo técnico tuvieron que soportar estoicamente un plantón de seis horas delante del Palacio de la Cultura Popular de Pyongyang a fin de que sus compatriotas los pudieran insultar convenientemente, por no haber sabido “defender la camiseta”. Por no haberla sabido honrar con dignidad, como aconseja el manual.
El Deportes Tolima sabe lo que es defender la camiseta. Sabe lo que cuesta conseguir cada centímetro de publicidad impreso en ella. Su casaca es un referéndum publicitario, un homenaje a la sociedad de consumo, al libre mercado. Una página de avisos clasificados, un certificado de la pobreza extrema que humilla al aficionado de fútbol de Colombia. ¡Hasta donde hemos caído!
El otro día, en el Estadio Único de La Plata frente al épico Estudiantes, el Tolima parecía un plantel de empleados municipales de África: toda su casaca lucía cubierta de publicidades. Por ella me enteré de que la libra de pollo asado estaba en oferta hasta el domingo, que mi primo Alberto –un reverendo canalla- aspiraba a una alcaldía en no sé qué pueblo de Ibagué y que una tarjeta de crédito difundía un mensaje de texto engañador: “disfrute ahora y pague después”.
Los jugadores del glorioso Tolima parecían supervivientes de “Lost” emergiendo del túnel del tiempo, todos marcados por la huella del comercio despiadado que arrasa y tapa hasta el propio escudo de la institución. ¡Pobrecitos! “Parecen hombres llegados desde el fin del mundo”, dijo un aficionado.En febrero de 1992, en un partido por la Serie “A” del calcio italiano, jugado bajo un frío glacial, el director técnico del Cagliari le pidió a su máxima figura, Enzo Francescoli, que se pusiera una camiseta térmica debajo de la playera del club para atenuar el intenso frío, como lo hacían los demás jugadores del plantel. El uruguayo se negó a muerte: “Yo quiero sentir la camiseta”, dijo. A Francescoli se lo recuerda, aún hoy, como “El Príncipe”.
De golpe, las palabras de ese cartel de Corea del Norte en el Mundial de Sudáfrica irrumpen sentenciosas e inquietas:
“Entre todos hemos convertido a este país en un chiste”.
Dicen que para los ingleses, que los llamen piratas no es ningún deshonor. No los afecta. Algunos incluso toman esa afirmación como un halago emparentado con la aventura, con la audacia, con la bravura de su raza. Lo mismo ocurre con el gremio de los banqueros a quienes el genial Shakespeare, en el Mercader de Venecia los llamaba: “judíos chupasangre”. Esa fama de agiotistas desaprensivos los ha perseguido a través del tiempo, a través de la historia. Para ellos, mucho nunca es suficiente.
Los antiguos usureros eran muy crueles: si el cliente no pagaba a tiempo, o no honraba su compromiso dentro de los plazos establecidos, se le enviaba un “grupo de tareas” para que lo “apretara”, para que le marquen en la frente la marca de su infamia. En ocasiones, estos barbaros, procedían a amputarle un dedo o una oreja al cliente para recordarle que hablaban en serio.
Los usureros modernos, en cambio, no quieren que el cliente les devuelva el préstamo. La deuda es una fuente permanente de ingresos. El negocio consiste, precisamente, en que el usuario tenga una deuda, si es posible, eterna con el banco. “La crisis bancaria que afectó a Estados Unidos en el 2008 no fue el resultado del fracaso de los bancos, sino el resultado de su enorme éxito. Lograron transformar a la mayoría de la humanidad en prestatarios”, escribió el filosofo polaco Zygmunt Bauman, en su libro, La Modernidad Liquida.
En Colombia el sector financiero es el Vaticano, es ortodoxia pura; es intocable. Es el capitalismo sin rostro que exige resultados. Es una falacia pensar que nos gobiernan los políticos que por voto popular elegimos. A Colombia la gobiernan los banqueros, los financistas, los usureros. Ellos son los que le señalan, al “elegido” de turno, la hoja de ruta a seguir; fijan el tipo de cambio (hoy tenemos un dólar casi planchado), acumulan rentabilidad por los salarios degradados de los trabajadores y marcan las pautas en política social.
Es de tal magnitud la influencia que el mercado financiero ejerce en las decisiones del gobierno, que un feligrés de su parroquia, Jorge Londoño, ha sido nombrado para dirigir la junta directiva del Fondo de Calamidades, un fondo creado por el gobierno para atender la grave emergencia invernal que azotó al país. ¿Qué puede hacer un banquero, que no sea endeudar aún más a los pobres? El poder político al lado del poder económico no es solo invencible: es letal.
Los bancos niegan que para créditos hipotecarios de vivienda ellos cobren intereses sobre intereses, algo que está prohibido por la ley, pero desde el año 2000, cuando el sistema UVR reemplazó al temido UPAC, más de 280 mil familias han perdido su techo por esas prácticas. Es tal el volumen de procesos ejecutivos, que los juzgados se han convertido en las oficinas de cobro de los bancos.
El Ministro de Hacienda, Juan Carlos Echeverry, puso el dedo en el ventilador cuando hace unos días cuestionó las altas tarifas que los bancos cobran a sus usuarios por los servicios financieros que les ofrecen: ¡Ahí saltó la banca! La Asobancaria le salió al cruce al aduciendo que todo se debía a la mala o deficiente información que tenía el público sobre la bancarización.
La bancarización, tema que preocupa al gobierno, tal como está planteada servirá solo para que la banca supere sus propios récords de ganancias. En Argentina -país que crece a tasas chinas, sin inversión extranjera e impulsada por el fuerte crecimiento de su mercado interno- la bancarización es gratis. A través de la Cuenta Gratuita Universal (CGU), cualquier persona puede retirar dinero de cualquier cajero electrónico, de cualquier banco, de cualquier sucursal, sin pagar un solo peso de comisión ni la cuota de manejo de la tarjeta. El usuario de esta cuenta puede mover hasta un límite de cinco millones de pesos colombianos mensuales y lo máximo que el banco le puede cobrar por una transferencia bancaria son dos mil quinientos pesos.
En el 2010 los bancos obtuvieron utilidades del 17%, pero en vez de invertir esas inmensas ganancias en el pobre país que las generó (¡país que tanto necesita de esos recursos!), los banqueros locales prefirieron comprar otros bancos, en otros países, aun más pobres y más sufridos que el nuestro.
Hay una pérdida de capacidad soberana del Estado frente al sector financiero. En el interior del gobierno del Presidente Santos han comenzado a oírse voces que piden reformas.
La tan mentada inversión extranjera debe ir al sector productivo y no al mercado financiero. El crecimiento de un país es positivo cuando llega a todos los sectores de la población y no a un puñado de privilegiados.
En el 2010 Egipto creció un 5% (Colombia, 4,5%), pero el pueblo no tiene ni trabajo ni pan ni servicios de salud y ahí está en la calle reclamando sus derechos, sin nada que perder. Inclusión es la palabra clave.
El gobierno asegura que su relación con el sector financiero es normal.
La normalidad es la razón de la crisis.
Se llamará Rosa, pero tranquilamente podría llamarse María o Carmen, Pedro o Juan. Rosa, la célebre, la de Luxemburgo, fue muerta a culatazos por la policía alemana en enero de 1919. Aquella Rosa murió pensando que era posible alimentar a todos los pobres del mundo; ésta, en cambio, es un bazar de tinieblas.
La Rosa de esta noche de lluvia infernal – nunca pensé que sería capaz de maldecir a la lluvia- tiene una falsa cita con el futuro. Acarrea en su cuerpo un corazón diezmado por el alcohol y la droga, un corazón que no sabe si latir de miedo o esperanza. “La gente que ha pasado necesidades es de alguna manera superior a aquella que no las ha conocido”, se repite para darse ánimo. Antes bebía para poder pensar, ahora bebe para no hacerlo.
De 25 años, alta, delgada y blanca -como una papa pelada-, Rosa cumple con todas las cláusulas que la belleza exige. De un hombre puede conseguirlo todo, es insolente, pero no audaz. Sabe manejar más a un hombre que a su propia vida. “La vida es una calle sucia y yo soy el desperdicio”, me confió en una noche de sinceridad y ¡de lluvia!
Dicen que los hombres siempre mienten cuando hablan de sí mismos. Rosa no es la excepción. Se jacta de su inteligencia y de su capacidad mental, pero en su pensamiento todo es duda. Dos paros cardiorespiratorios por una sobredosis de cocaína la tuvieron hace un tiempo al borde de la muerte. La rápida y oportuna intervención médica la devolvió al mundo que deseaba abandonar.
Aunque preveo que cederé a la tentación de subrayar o atenuar algún pormenor, esto es lo que ella me contó con estas y con otras palabras:
“Como muchas chicas de mi colegio yo quería ser modelo, o actriz, o presentadora de televisión. Nada memorable, nada del otro mundo. Nada imposible en este país donde se privilegia la belleza y la inteligencia pasa desapercibida. “Renuncia a todo, menos a ser feliz”, era el lema que prevalecía entre nosotras. Toda una carta de intención, todo un desafío. Algunas de esas compañeras de clase, de esas ilusas, sobreviven hoy vendiéndose barato; otras, acaso las más dignas, pelean su lugar en el mundo en oficinas públicas o trabajando bajo las órdenes de oscuros coroneles de supermercados o sirviendo como secretarias de grises abogados.
La muerte violenta de mi padre cuando tenía catorce años fue el evento que me marcó para siempre. Sentía que desde alguna parte del universo se conspiraba contra mí, se me agredía. En un libro leí, o creí leer, que uno se recibe de hombre cuando muere el padre.
De los días y las noches que sucedieron a su trágica desaparición solo recuerdo dos: el día que dejé que un hombre abusara de mí, sin denunciarlo, y el día en que comencé a beber por necesidad.
Cuando terminé el bachillerato, un extraño azar me permitió ingresar en una emisora de radio. Allí fui escalando posiciones. Decían que tenía madera. Nadie sabía que estaba en el umbral del infierno. La presión, el vértigo y el estrés que me producía el medio periodístico lo absorbía con pavorosas borracheras; para paliar los efectos del alcohol, para neutralizarlo, recurría a menudo a la cocaína. La cocaína vuelve al adicto hiperactivo, pero una vez que cesan sus efectos la persona cae en un pozo, en un vacio de irrealidad, depresión, angustia, ansiedad y miedo que la obliga a volver a consumir. Por eso es tan brutal salir de las drogas, algunos nunca salen, incluso cuando salen.
Si uno quiere drogarse, Bogotá tiene la mejor oferta. Encontrar quien le venda una “felpa de cocaína” es más fácil que conseguir un cura en el Vaticano. Los jóvenes lo saben, la policía lo sabe, los políticos que nos gobiernan lo saben. No hay barrio, no hay universidad, no hay calle de rumba que no tenga su “dealer”, su jíbaro. Detrás del Batallón Guardia Presidencial existe un lugar denominado la “L” donde el adicto encuentra todos los narcóticos que produce el mercado. Allí se encuentra “La puerta de las 100 penas” de la que hablaba Kipling, con sus chandoo-khanas (casas que los chinos utilizaban para consumir opio), estos burdos cambuches vernáculos tienen la misma finalidad: fumar o inyectarse en paz y tranquilidad. Confieso que en más de una ocasión este antro de perdición y muerte me tuvo como huésped.
Pero mientras crecía profesionalmente en la radio, también crecía mi adicción a las drogas duras. Los compañeros, los colegas que comprobaban día a día mi decadencia, se propusieron “salvarme” y me enviaron a una clínica de rehabilitación. ¡Una experiencia terrible, irrepetible!
En la clínica La Paz compartí cartelera con locos crónicos, con maniáticos, con suicidas, con trastornados, con asesinos, con pacientes terminales. Todos zombies , todos medicados, todos sometidos a enfermeros diabólicos. Muchos de ellos sobreviven bajo los permanentes efectos de la Metadona (heroína sintética). Había días en que las salas de los “tecars” ( electrochoques), no daban abasto.
De todos los pabellones que hay en la Clínica La Paz, el del PRI, donde van los sicópatas criminales, era el que más atraía mi atención. Me pasaba horas y horas mirando los plácidos rostros de los otrora temibles malhechores, domesticados a punta de inyecciones, electrochoques y salmos bíblicos.
Pensaba que en ese pabellón de techos altos y paredes de un blanco sanitario estaba el hombre que de alguna manera había decidido mi vida; pensaba que allí, en medio de esa pandilla ahora inofensiva de “muertos vivientes”, estaba el causante de mi degradación y de mi infierno. Pensaba que en ese pabellón estaba el asesino de mi padre”.
Aquí bruscamente Rosa detuvo su relato. Noté que la trabajaba una lágrima.
“Juan - dijo al final- haz lo que quieras con este cuento, solo te pido que no me juzgues”.
Se podría llamar María o Carmen o Pedro o Juan… Esta noche se llamará Rosa…
Rosa de los vientos.
Juan Manuel Santos y Álvaro Uribe promovieron y concretaron una unión temporal de intereses mutuos. Lo hicieron a la vista de todos, con la aprobación y bendición de casi todos. La mano silenciosa del destino hizo el resto. Dicen que el matrimonio (en el sentido generoso de la palabra este lo es) a veces marca el final del drama, a veces el comienzo.
Santos jamás hubiera alcanzado, o soñado siquiera alcanzar la presidencia de Colombia sin el apoyo del ex presidente. Es natural que Álvaro Uribe –que sabe lo que el otro sabe- derive de ese hecho un íntimo sentimiento de poder.
Uribe le entregó a su sucesor un país ebrio de impunidad; un país con preocupantes índices en temas tan sensibles como el desplazamiento forzado de personas (un efecto del conflicto armado) y con razonables dudas en el correcto manejo de temas como la reelección, las chuzadas, la corrupción y los llamados “falsos positivos”. En el país del “todo vale”, cualquier habitante de la periferia podía ser considerado un terrorista: el de la boleta de salida, un fin de semana en la playa, un paseo por Melgar con gastos pagos.
Por su cercanía con el poder, pero mucho más por haber hecho parte del gobierno saliente, el ex Ministro de la Defensa sabía de la colosal problemática que heredaba. Una pregunta obvia, sin respuesta sencilla, inquieta a la opinión popular: ¿Hasta dónde puede Santos encubrir a Uribe en las demandas judiciales que se le avecinan, sin poner en riesgo su propia estabilidad?
A solo cuatro días de haberse posesionado como presidente, Santos marcó, con tinta indeleble, su primera diferencia con su antecesor: recibió en Santa Marta al primer mandatario de Venezuela Hugo Chávez. El bolivariano pasó, antes del primer cambio de luna, de ser considerado uno de los rulemanes del “eje del mal” a “mi nuevo mejor amigo”, condición que, entre otras cosas, apaciguó los ánimos del vecindario. En la última semana, Santos también restableció relaciones diplomáticas con Ecuador, confirmando el aire revisionista que le imprimió desde el primer minuto a su gestión.
Con el correr de los días las diferencias conceptuales entre Santos y Uribe se han venido acentuando. Si bien los dos están a la derecha del “Tea Party” y defienden “a cara de perro” al sector financiero (el verdadero poder), es innegable que el presidente actual tiene más inclinación por los temas sociales que su predecesor.
Álvaro Uribe –nadie ignora- es una persona que camina sobre el barro y a veces siente la necesidad imperiosa de revolcarse en el. Todo en él es estrategia pura; todo en él, es artillería pesada; todo en él, es munición gruesa; todo en él, es ataque y fuego verbal. En estos días el inventor de la Seguridad Democrática demanda más seguridad (para él) y desconfía de la justicia de su propio país.
Santos, por el contrario, se muestra -¡vaya sorpresa!- como un guerrero en su primera tregua y se perfila como un estadista o a punto de ser reconocido como tal. Dice admirar a Uribe, pero evita su compañía. La solidez de esta relación de conveniencia estará marcada por la incapacidad de cada uno de sobreponerse al otro y a la mutua necesidad de sobrevivir.
A ambos los cobija el joven y oportunista partido de la U, una organización coyuntural sin identidad propia. Un partido que en el Congreso ya comienza a descoserse por las costuras y a mostrar en su seno preocupantes síntomas de anarquía. Exigirles disciplina de partido a parlamentarios que ni siquiera tienen una ideología o un proyecto que defender, más que el propio, es como exigirle castidad al personal femenino de un prostíbulo.
¿Puede subsistir un partido sin principios, la fractura de sus dos máximos líderes? ¿Qué marcará la escogencia de candidatos para las próximas elecciones? ¿Cómo las calificará el electorado nacional?
De esta última respuesta dependerá la relación del binomio Santos- Uribe.
Una pareja con mucho pasado y poco futuro.
De rodillas. En el 2003 la Argentina, el ex granero del mundo, estaba de rodillas: económicamente quebrada, políticamente destruida y socialmente desmoralizada. Era un “pato rengo” (lame duck), como usualmente clasifican los operadores de Wall Street a los países cuyas crisis ya no son pasajeras sino terminales. La tormenta la había sorprendido, una vez más, sin paraguas.
“¡Que se vayan todos!”, era el grito de guerra, de rechazo, que salía del pecho de una sociedad histérica, asqueada. Una sociedad que pretendía, con ese grito del corazón, emanciparse de esa mano muerta que le extienden al pueblo los políticos corruptos (llenos de lealtades tradicionales), siempre funcionales y dispuestos a “cuidarles el dinero” a los poderosos, a los bancos, a las grandes corporaciones.
Por eso cuando el Partido Peronista, la mayor fuerza política del país, propuso traer de la Patagonia a un ex gobernador de Santa Cruz (provincia situada en la frontera del fin del mundo, que tiene menos habitantes que cualquier barrio de la periferia de Bogotá), los varones más prudentes de Buenos Aires se rebelaron: “¡Un pingüino! ¡Nos traen a un pingüino para que arregle el caos! ¡Un pingüino para que nos devuelva la fe y avergüence las soberbias humanas!”
Néstor Kirchner, llamado “el pingüino” por su origen austral, llegó a la Casa Rosada con un país en default en diciembre del 2003, con solo el 22% de aprobación electoral. Llegó sonriente con su pinta de vendedor de seguros trayendo un mensaje políticamente incorrecto. Durante su mandato la oposición y los medios hegemónicos le criticaron todo: incluso que era un mal vestido. Esto me recuerda que a Cristina, los mismos medios de comunicación, le reprueban que gasta mucho en ropa.
Kirchner llegó al poder aupado en viejas consignas que pueden dar votos, pero en las que ya nadie cree: Derechos Humanos, inclusión social, educación y desarrollo, y distribución equitativa de las riquezas. Llegó con un mensaje excesivamente optimista. La gente decente no sabía si darle las gracias o denunciarlo a la policía. “Hay que dejarlo. Durará un año, cuando mucho”, se apresuraba a vaticinar con entusiasmo deportivo el influyente diario Clarín.
En el 2003 la desocupación y la pobreza se paseaban por las calles de la nación sureña. Ningún organismo de crédito internacional le atendía los pedidos de auxilios. Argentina de golpe estaba sola, con hambre y se había vuelto invisible a los ojos del mundo. El Fondo Monetario Internacional, FMI, que antes glorificaba sus “ajustes” ahora se negaba a intervenir.
Kirchner no se intimidó, rompió las "relaciones carnales" con Estados Unidos que habían caracterizado la política exterior argentina y aceptó la ayuda del único país que se la ofreció: la Venezuela de Chávez. Hoy la oposición, con ánimo fastidioso, critica los intereses por el préstamo que el gobierno argentino le pagó al Estado Bolivariano. Pero, ¿puede alguien que se está ahogando en el mar actuar con espíritu avaro y ponerse a regatear con el rescatista el precio de su salvamento?
El distanciamiento formal de la órbita de influencia de EE.UU. ocurrió en la Cumbre de las Américas en Mar del Plata, en el 2005. Allí el “políticamente incorrecto” Néstor Kirchner le dijo a su colega George Bush (estas palabras hay que oírlas, no escribirlas): “Señor Presidente, no me venga a patotear a los argentinos”. El coraje es un salto de calidad del ser humano. Esa noche el Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA) que promovía el gobierno de los Estados Unidos para los países de la región quedó definitivamente sepultada.
En el 2006, Kirchner, pagó con reservas del Banco Central los 9800 millones de dólares que debía al FMI, una de las decisiones más fuertes de su gestión. "Hay vida después del Fondo" dijo luego a la prensa en tono desafiante. Ningún país soberano puede permitir que un cuerpo extraño, por muy importante que sea o parezca, le revise los libros y le dé “instrucciones” de cómo manejar sus recursos.
Ordenar bajar el cuadro del dictador y ex presidente de facto, Jorge Rafael Videla, de la pared del Liceo Militar y anular la amnistía de los generales genocidas que ostentaron el poder entre 1976 y 1983 fue otro gesto de su gobierno. Al igual que el aumento a los jubilados y a los maestros y la remoción de los corruptos jueces de la administración menemista.
En mayo de este año, el ex presidente Kirchner asumió como Secretario General de la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur), y el 10 de agosto alcanzó estatura de líder continental al lograr reunir a los Presidentes de Colombia y Venezuela. “Fue una figura clave para que nuestros dos países reanuden sus relaciones diplomáticas”, dijo el presidente Santos la semana anterior en Buenos Aires.
A principios de semana, de su última semana en este mundo, Kirchner inauguró con la Presidenta una planta que producirá uranio enriquecido para abastecer a las centrales nucleares del país. Solo nueve países en el mundo tienen la capacidad y los conocimientos para producir ese metal. El avance en la nanotecnología que tiene el país gaucho es notorio. Ciertamente la Argentina es, después de los Estados Unidos, la que tiene la mayor cantidad de científicos en el continente americano.
Néstor Kirchner se fue dejando a la Argentina entre las 20 naciones más importantes y desarrolladas del mundo. Se fue dejando al país con un crecimiento anual del 9,1% según el gobierno (10% según el Banco Mundial) para este año y con reservas en el Banco Central en sus máximos históricos. Todo -y esto es lo admirable- sin inversión extranjera.
Néstor Kirchner se fue dejando una obra inconclusa, un proyecto de país soberano que Cristina Fernández intentará profundizar.
“Gracias por devolvernos la dignidad”, escribió un joven -bañado en lágrimas- en un papel que fue depositado arriba del féretro del ex presidente. ¡Jamás, se había visto en Argentina el desfile agradecido de tantos jóvenes en el sepelio de un político!
¡Nunca la muerte de un pingüino había provocado tanta repercusión y tanta tristeza!
Hay futuro.
Son hombres absueltos de antemano por la justicia. Ni siquiera cuando se los descubre en alguna pillería son culpables. Cualquier juicio por más espinoso que sea demostrará con pruebas “irrefutables” que son más inocentes que el Divino niño del 20 de julio. “Mi buen nombre y honor no se verán afectados por este proceso”, dirán a los medios de comunicación con total soltura. ¿Cómo puede un proceso afectar algo que no se tiene?
Son los afamados “políticos corchos” aptos para resistir ciclones diluvianos ¡jamás se hunden, nada los hunde! Allí donde cualquier infeliz ciudadano de a pie fracasa y paga cárcel hundido en el mar de la ignominia, del descrédito, de la desesperanza, ellos flotan, ¡flotan como un maldito corcho!
La sociedad indiferente y resignada ha aprendido a tolerarlos, a aguantar sus "pataletas" por los medios radiales, pero íntimamente los desprecia. Nadie ignora que los malandras, los traidores y los ladrones perfumados de cuello blanco tienen en nuestro país dos destinos posibles: la cárcel o el Congreso.
Los políticos corchos se mueven como pez en el agua en las esclusas del poder; flotan, crecen y se reproducen en medio de las aguas turbias del prevaricato, del peculado por apropiación, del abuso de poder, de la falsedad ideológica y del concierto para delinquir. Ante cualquier contrariedad apelan al manual de frases de bolsillo: ¡“no le permito a nadie que me llame ladrón”, “me someto a la justicia”, “la historia me absolverá”! Frases que por supuesto, ya no impresionan a la audiencia.
Son capaces de sobrevivir agazapados en un mar picado infectado de tiburones hasta agotar el stock de engaños prefabricados, de triquiñuelas legales, de sobornos oscuros. “Mientras hay duda hay esperanza y el pueblo tiene mala memoria”, es el soporte que los mantiene a flote, con vida pública. Es fácil distinguirlos entre la fauna de pícaros que pululan por nuestros organismos estatales: son los que siempre andan brindando explicaciones. Conocen todas las respuestas, porque conocen todas las preguntas, ¿verdad julito?
Caminan entre la muchedumbre, entre sus víctimas, porque “la Ley es grande” y con ellos a menudo, generosa. “No se le respetaron sus derechos” o “se violó el debido proceso, ¡se anula todo lo actuado!” gritan los jueces de la república. Ningún juez en sus enteros le niega a su amigo corcho una orden de libertad condicional o una casa por cárcel.
Ya en libertad se convierten en “ciudadanos jurídicos”, intocables, ilustres. En individuos peligrosos, vengativos, llenos de certificados judiciales y de águilas honrosas; en hombres ejemplares que exigen garantías al propio Estado que los nombró, al que "tumbaron". Sienten que el mundo ha sido injusto con ellos y ahora tenemos que controlarlos para que ellos no sean injustos con el mundo.
El Congreso les otorga a los políticos corchos un aire de inmunidad (léase impunidad), ganan peso entre sus colegas y fama ante sus “súbditos”. En una buena jornada de discusiones estériles, aburridas pueden sacar petróleo con leyes a la medida de los monopolios, entregar la soberanía o un nuevo impuestazo a pupitrazo limpio.
A veces gritan, se exaltan, gesticulan y se acusan mutuamente frente a las cámaras de la televisión, pero todos sabemos que esas actuaciones, esas pantomimas memorables, esos pataleos de utilería, esa esgrima verbal, son meras performances para obtener una mayor participación en la torta burocrática del alto gobierno. ¡Su voto es clave! Ningún político corcho resiste o rechaza un cañonazo de dos ministerios para su partido, una embajada o en últimas hasta una notaria. “Mas importante que el voto, es quién cuenta esos votos”, decía Stalin.
En tiempo de elecciones los políticos corchos son los primeros en candidatizarse “para lo que sea”, incluso para cambiar de caballo en medio del río y pasarse a la otra orilla ¡a la bancada enemiga! a veces patean a favor, a veces en contra, todo en un mismo partido. Cualquier color de camiseta les sienta bien para seguir flotando, para conseguir contratos del Estado, para superar sus propias estadísticas de corrupción.
¿Nombres? ¡Usted los conoce de sobra, los ve a diario en los noticieros! Hay ministros, legisladores, embajadores y alcaldes de la actual administración que son verdaderamente insumergibles.
Flotan entre la escoria como ¡un maldito corcho!
Fue el gol anhelado, la noche soñada. En la vida y en el fútbol hay zonas imaginarias donde las proezas son posibles. Es verdad que la conquista no se produjo en un campo de juego como reza el manual y obliga el reglamento. Ni siquiera fue en un enfrentamiento normal de once contra once avalado por la FIFA, pero también es verdad que de estadio hizo todo un país, un continente, y tal vez el mundo. Para poder luchar, aunque no veamos la puerta de salida, tenemos que creer que esa puerta existe.
Los pormenores de aquella epopeya, de aquel grito que sacudió las redes del alma en ese anochecer memorable y ansioso son irrecuperables e infinitos ¡Líbreme Alá de subrayar u omitir deliberadamente algún pormenor! Veamos:
Manuel González es un tipo tímido, ¡un buen tipo! Sin embargo hay que reconocer que como delantero no era ningún asombro. En los 80 pasó (sin gloria) por el O´Higgins de Rancagua, donde se cansó de errar “goles cantados” sin rebelarse, sin siquiera pensar en rebelarse ante ese destino que irremediablemente lo perdía.
De su dilatada campaña como “killer “oficial del equipo sólo puede mostrar, si acaso, el gol que le convirtió a Naval en la Copa Polla Gol en 1984. Carecía de ese “instinto asesino”, propio de los goleadores de raza y pincel. Con el tiempo, ese gol marcado en una instancia definitiva de un campeonato menor fue toda su fortuna. Algunas veces - en su dramático relato, en su ilusorio relato - sometía al portero con un certero cabezazo, otras le rebanaba el aliento con un disparo de media distancia. ¡Todos los parroquianos aplaudían! Al fin y al cabo, un contador de historias rara vez es una persona de confianza.
Sin embargo, el destino -nombre que le damos a miles de detalles entreverados- le tenía preparado un auditorio mundial: un partido planetario contra la muerte a 622 metros bajo tierra; un espectáculo que lo redimiría de esa vana tarea de imaginar. ¿Quién en este mundo es capaz de decir con exactitud si va a ser cobarde o valiente en la hora crucial?
El cuento de Franklin “Mortero Mágico” Lobos no es muy diferente. Tuvo su instante de gloria pública cuando integró la selección de Chile en la etapa clasificatoria a los Juegos Olímpicos de los Ángeles 84 pero, luego no fue incluido en la plantilla que estuvo en dicho evento. Es razonable asumir que aquella frustración lo marcó con un lápiz profundo.
Cuando dejó el fútbol, cuando el fútbol lo abandonó definitivamente, trabajó como transportista y conductor de taxis para que sus hijas pudieran ir a la universidad. En el yacimiento San José, a 45 kilómetros de Copiapó, cumplía tareas secundarias cuando el 5 de agosto lo sorprendió el espantoso derrumbe.
Franklin Lobos y Manuel González se vieron las caras, por primera vez, en un campo de juego hace 25 años en un duelo entre Cobresal y O’Higgins por el torneo local. El match finalizó empatado 0-0. Las crónicas de la época destacan la marcación férrea, casi hostil, que ejerció el “Mortero Mágico” sobre el inseguro Manuelito González: “¡No lo dejó mover!”
Con el tiempo Manuel González se retiró del fútbol e ingresó a la Corporación Nacional del Cobre de Chile (Codelco) donde llegó a convertirse en un experto rescatista. No tenía forma ni manera de saber que una noche secreta y gloriosa lo esperaba en un día preciso del calendario.
Dicen que a veces las desgracias suelen conducirnos a la felicidad. Dicen que cuando Manuel González se enteró de que Franklin Lobos estaba en la lista de los treinta y tres mineros sepultados por una montaña de 700 mil toneladas de roca, se prometió bajar a rescatarlo, se prometió ir “a por ellos”. Se prometió no fallar. “El coraje es un impulso del corazón”, escribió Ernesto Sábato.
El partido con la muerte fue duro, fue tenaz, fue inolvidable y quedará grabado en la memoria colectiva y apasionada de los pueblos como un triunfo de la raza humana.
Nos consta que Manuel González, el inseguro ex goleador del O’Higgins de Rancagua, fue el primero en descender al socavón y el último en salir. Nos consta que no le tembló el pulso en la hora decisiva. Nos consta su valentía, su generosidad, su coraje. Nos consta que repartió camisetas y dio instrucciones. Nos consta que los treinta y tres mineros jugaron en el único equipo posible: el de la vida. Nos consta que todos estuvieron sublimes. Nos consta que le ganaron por goleada a la muerte. Nos consta su festejo, su llanto, su amor por la camiseta. Nos consta que abrazó con el alma a su rival del alma (“El día que se separen que no se digan adiós, vivían sin encontrarse, hoy son amigos los dos”).
Manuel González, el contador de historias inverosímiles ya no tendrá que imaginar goles asombrosos: el milagro sucedió en “vivo y en directo”.
“Jugaste el mejor partido de tu vida”, le dijo el presidente de Chile, Sebastián Piñera a Franklin Lobos entregándole un balón autografiado por toda la selección absoluta.
“¡Ganamos con la mano de Dios!”, manifestó sonriendo el minero recién rescatado.
Ya se prepara un partido de homenaje…
Se lo merecen.
Fue una puesta en escena de los años 70, fue una pintura de la época. Un recuerdo doloroso que inopinadamente regresa del basurero de la historia -donde pertenece- para mortificarnos, para humillarnos, para probarnos. Un movimiento armado destituyente que, bajo la sombra amable que brinda el frondoso árbol de las reivindicaciones sociales, toma a la sociedad como rehén y dispara un Coup d'état (golpe de estado) tan verdadero como el Evangelio. Un espectáculo deprimente, un cuadro antiguo: gente que en nombre de la libertad asesina a la libertad. Un retroceso indefendible.
¿Cómo hacer verosímil una acción en la que ni siquiera creen quienes la ejecutan? ¿Cómo recuperarnos luego de una jornada de minuciosa deshonra democrática? ¿Quién está detrás de esta sudestada institucional? ¿Es tan frágil nuestra democracia continental? ¿Es una farsa? ¿Un engaño? El engaño, en muchas ocasiones, tiene más apariencias de realidad que la verdad misma, frecuentemente inverosímil.
El 28 de junio de 2009 un movimiento militar en Honduras arrojó – en pijamas- al exilio al presidente, Manuel Zelaya, para sustituirlo por otro que defendiera sus privilegios y sus intereses. Algunos países -Colombia entre ellos- se apresuraron a reconocer al régimen de facto establecido por medio de las armas ¡No hicieron preguntas! Tomaron aquel quiebre constitucional como algo anecdótico. Un suceso irrelevante, propio de una república bananera sin representación ni peso internacional.
Pero en política nada sucede por casualidad. Aquél golpe de Estado– ahora sospechamos- fue un ensayo, una advertencia de la extrema derecha destinada a socavar la moral de una democracia continental que trata de abrirse paso en medio del pesado tráfico de su propia historia llena de insurrecciones militares. Esa novela en entregas por episodios que comenzó en Tegucigalpa tuvo otro capítulo – el más dramático sin lugar a dudas de la última década- el pasado jueves en Ecuador.
Armas de guerra duras, largas, inagotables; armas con memoria, armas de odio, estremecieron la noche de Quito dejando sus calles saturadas de olor a pólvora como el aliento de una maldición. Trece muertos y cerca de trescientos heridos fue el saldo de los enfrentamientos.
La imagen renqueante del presidente Rafael Correa -todo un símbolo de la democracia en nuestra región- saliendo, emergiendo de la espesa niebla de gases lacrimógenos ayudado por un fiel bastón y sostenido por dos incondicionales, como si fuera un herido que regresa de la guerra, golpea fuerte en la memoria colectiva. Una imagen demasiado humillante, demasiado real, demasiado triste.
Es verdad que el presidente Correa tomó riesgos innecesarios, tal vez gratuitos, al ir personalmente a los propios cuarteles centrales de la policía a resolver un problema que se podía haber lidiado a través de alguno de sus muchos ministros, pero también es verdad que se enfrentó con valentía -inusual en un primer mandatario- a esa tropa de alzados, de sublevados “por encargo”, que pretendía obtener mucho más de lo que estaba en juego.
En los últimos dos años más de 400 integrantes de las fuerzas de seguridad de Ecuador fueron responsabilizados por ejecuciones extrajudiciales, torturas, secuestros y asesinatos. A esa fuerza, a esa turba enceguecida -aún no del todo depurada- se enfrentó Correa al grito de "mátenme, cobardes".
Fue una imprudencia temeraria, es cierto, pero ¿qué ciudadano leal a su país puede permitirse tener miedo o vacilar “cuando la tiranía se ceba en la entrañas de la patria?”.
Los tiros sonaron con fuerza en el vecindario. El pueblo y los pueblos libres del mundo respaldaron con vigor a la acorralada democracia ecuatoriana.
Al final de la tarde del jueves los generales se apartaron de esa postura ambigua de las primeras horas y acabaron con la insurrección de los coroneles. Rescatado el presidente Correa del hospital de la policía, donde estaba retenido, se restableció la fe pública.
Desde 1998 tres presidentes elegidos democráticamente (Bucaram, Mahuad y Gutiérrez) habían sido sacados a sombrerazos del Palacio de Carondelet, sede del gobierno nacional, por militares insatisfechos. Correa, esta vez, les paró el carro.
El círculo de oprobio parece haberse definitivamente cerrado.
Ya se habla de un nuevo país.
Bogotá a las 5:30 de la mañana -hora en que emprendo mi caminata diaria hacia Radio Santa Fe- tiene ese olor a casa vieja que le infunde la noche. A esa hora los hijos de la intemperie, de la violencia, de la indolencia disputan bajo el cielo del desamparo su última partida con el sueño. Nada, ni siquiera la luz del día que crece los perturba. ¡Mundos enteros los ignoran!
“Los nadie” son paisanos que van por la vida con su fe hecha jirones, con sus inviernos a cuestas, con sus miserias etíopes. Entran en la categoría de los excluidos: excluidos de las necesidades mínimas, de la comida, de la salud, de la educación y de la justicia. Excluidos en su propia tierra, en su propio país
Arrancados por la fuerza de sus hogares, de sus afectos; los excluidos izan la bandera blanca al primer embate, al primer contratiempo. Saben que siempre se puede caer más bajo, que siempre hay un abismo en el abismo. Demasiadas palizas han recibido de la vida, de los políticos, de la sociedad. Demasiadas negaciones, demasiadas postergaciones, demasiados olvidos, demasiados “estudiaremos su caso”.
En una sociedad excluyente que les quita lo poco que les corresponde, ellos, los desterrados, saben que están solos. ¿Cómo es que Dios no los ve? ¿Cómo es que nuestros dirigentes no se pellizcan por ellos? ¿Qué clase de paz se puede obtener en medio de tanta desigualdad social, de tanta injusticia? ¿Cómo se puede alcanzar la paz de un país enarbolando una bandera mutilada?
Los excluidos duermen en cualquier rincón, se acomodan en cualquier recoveco, se alientan unos a otros con sus cuerpos para darse calor en la fría noche bogotana. El dolor los justifica.
Los he visto durmiendo a “pata suelta” (sería injusto no mencionar que se arrullaban con ternura), apiñados en los cajeros electrónicos de los bancos o debajo del techo sobresaliente de algún zaguán. Cuando sienten pasos extraños que se acercan sospechosamente tosen con pulmones de hierro para que el transeúnte descubra que bajo esa montaña de periódicos viejos y retazos de mantas putrefactas respira un ser humano. “¡Así mueren los colombianos!”, me gritó el otra día uno ellos, un “digno”, cuando traté de calmar mi tristeza y su desolación alcanzándole una moneda. En ocasiones pretendemos darle lecciones a gente que nos las da a diario con su silencio.
Estos “olvidados sociales”, estos “exiliados” que se han ido, poco a poco, incorporando a nuestro elenco estable de indigentes citadinos, son parte de un contingente multitudinario que huye de la violencia, de la falta de oportunidades y del hambre. Familias enteras de campesinos que deambulan por el país “cargando un ladrillo, para mostrarle al mundo como era su casa”.
Todos los días sale a la luz otro “detalle”, otro testigo presencial que surge de las tinieblas para relatarnos la forma en que estos labriegos fueron arrojados de sus tierras por bandas narcoparamilitares; bandas que hoy tienen presencia en 29 de los 32 departamentos de Colombia, según un informe elaborado por el Instituto de Estudios para el Desarrollo y la Paz, Indepaz.
Son más de cuatro millones de hectáreas las que les han sido arrebatadas a estos a estos campesinos urbanos. Muchos de ellos han caído -en los campos de exterminio- defendiendo sus parcelas de la guerrilla, de los paramilitares, de los narcotraficantes, de los abogados y de la avidez de los políticos regionales.
El gobierno central de Juan Manuel Santos -¡quien los creyera!- se ha propuesto “reparar el enorme daño y saldar una deuda social” restituyéndoles sus predios mientras avanza en una profunda reforma agraria. ¡Excelente medida! Los gobiernos están –entre otras cosas- para corregir las desigualdades, no para provocarlas.
No se tienen más de 50 años de guerras por nada.
La ceguera es una forma de soledad.
Escribo esta columna sintiendo una especie de estupor mezclado con incredulidad por la decisión de la Corte Constitucional -el poder sin metáforas- de permitir que las corridas de toros sigan siendo legales en Colombia. Puso, eso sí, algunas condiciones dignas de figurar en la historia universal de la estupidez humana: que los animales mueran “sin dolor” (habrá que darles un analgésico antes de purificarlos con la espada), y que no se realicen en los municipios de Colombia donde matar no sea una “sana costumbre”.
¡Qué pobreza moral la de nuestros jueces! Promover la violencia en un país en donde la criminalidad no es el poder sino uno de los poderes. Un país que tiene dos de sus ciudades, Medellín y Cali, entre las diez más violentas de América Latina. El Estado pierde autoridad cuando sus órdenes se convierten en generadores de actos de barbarie.
Vivimos en un planeta cínico, gobernado por gente cínica, con leyes cínicas; vivimos rodeados de cínicos que glorifican la palabra “guerra” y luego se admiran de que la vida pueda ser tan dolorosa… para algunos.
En otras épocas el hombre se sentía culpable por gozar, ahora se siente culpable o culpa a los otros por no hacerlo en dosis suficientes. Y para el hombre “gozar” significa matar, humillar y traicionar valores en nombre de una épica de alcantarilla. La bestialidad primitiva amparada, ahora, por una justicia que promueve lo que debiera castigar.
No es al toro, sino a la dignidad humana a la que atropellamos, a la que asesinamos, con cada golpe de espada. La matamos con nuestro silencio cómplice, con nuestros jueces de bolsillo, con nuestras leyes cretinas, con nuestra falta de coraje cívico. La matamos en un domingo festivo luego, eso sí, de ir a misa; la matamos en un coliseo con nuestros aplausos, con “oles”; la matamos mientras sostenemos criaturas en los brazos. Matamos nuestra dignidad –y esto es lo más lamentable- en un día de sol, solo para que el mundo pueda vernos sonreír.
La fiesta brava es una fiesta privada a la que concurren nuestros hooligans de modales suaves y cuellos perfumados. Gente duty free, políticamente correcta, mezclada con los arribistas de siempre – políticos, escritores y algunos periodistas- que enarbolan las banderas de la moral pública. Gente que de lunes a viernes traspasa empresas a fondos de inversiones foráneos y el domingo defiende y aplaude culturas ajenas; culturas que huelen a sometimiento, a bajada de cabeza, a resignación.
Así, mientras el toro cumple con su destino de “grandeza” (“al fin y al cabo es un privilegiado que fue criado y alimentado para que muera”, según el filosofo español Fernando Savater), mientras la bestia escupe sangre en la arena para que el hombre ría, para que el hombre goce, el ser humano desciende por las escalinatas de la vida hasta el subsuelo de su condición.
Los jueces de la Corte Constitucional han fallado a favor del espectáculo y las necesidades del mundo empresarial: la matanza debe continuar, aun en navidad. El negocio no se puede detener por el llanto afiebrado de unas criaturas.
Si al hombre se le da a elegir entre la guerra y la paz, elige lo primero.
¡Ojalá Dios nos indulte!
Cuenta la leyenda que Hipólito Yrigoyen, dos veces presidente de Argentina (1916-1922 y 1928-1930), y el primero en ser elegido por voto popular, acostumbraba todas las mañanas al llegar a la Casa Rosada -sede del gobierno- a leer un periódico, escrito única y exclusivamente para él.
Sin sospechar que era víctima de un engaño, “el ingenuo Yrigoyen”, leía con avidez estudiantil que su gobierno, que sus ministros, no paraban de inaugurar escuelas y hospitales en remotos lugares de remotas regiones del país, y que el pueblo lo veneraba. El colmo llegó un día cuando entrando a un Tedeum, en la Catedral Primada de Buenos Aires, Yrigoyen, le preguntó a uno de sus ministros más cercanos qué quería decir la inscripción del frontispicio de la basílica que reza en latín “Salvum fac popolum tuum” (haz la salvación de tu pueblo), y el funcionario le respondió: “salvo los de frac, el pueblo es tuyo”.
Pero en política nada sucede por casualidad. En 1930, Yrigoyen ordenó a la empresa petrolera estatal YPF que interviniera el mercado de hidrocarburos, bajando, rompiendo los precios del petróleo que venía del extranjero, lo que daría más oportunidad a que los pobres pudieran acceder a tener lumbre y fuego en sus hogares. Treinta y siete días después de esa orden su gobierno fue depuesto por un golpe de estado, apoyado por la prensa, el ejército, la iglesia y los señores de frac.
Desde 1930 hasta 1983 la democracia en Argentina fue un breve interludio entre un golpe militar y otro. Un filme de terror estelarizado siempre por los mismos protagonistas: La Prensa, El Ejército, La iglesia y El Poder Económico. De pelear el podio entre los países más importantes y desarrollados del planeta, la Argentina pasó a formar parte del pelotón de países que reciben “instrucciones” y capitales de las naciones del primer mundo.
Desde su llegada al poder en el 2007, Cristina Fernández de Kirchner ha mostrado sus uñas de plaza pública: “El pueblo no me ha elegido para que le cuide los intereses a 3 o 4 grupos empresariales”, dijo en su primera intervención como jefa del ejecutivo. Acostumbrados a cambiar presidentes con cuatro portadas, la dictadura mediática tomó esas palabras como las de una populista inexperta, una nadadora de piscina familiar incapaz de nadar en mar abierto. ¡Pronto la probaron!
En marzo de 2008 los terratenientes del campo, alentados por la prensa, la sometieron a una guerra despiadada y cruel: vaciaron los estantes de los supermercados y cortaron las rutas del país, con sus camionetas 4x4, impidiendo la llegada de alimentos a las góndolas de las grandes superficies. Un decreto presidencial que les recortaba las ganancias a los privilegiados de siempre provocó la rebelión y el desabastecimiento. ¡La comida se pudría a la vera del camino!
Azuzados por el Grupo Clarín (el multimedio más poderoso de América Latina) y La Nación, las cacerolas de teflón estremecieron al país. ¡Los ricos reclamaban justicia! En ese evento, Cristina K. pudo haber sacado el ejército de los cuarteles y restablecer el dominio de las carreteras, no lo hizo. Ante el “lock-out” patronal, tuvo que retroceder y envió al Congreso el decreto que buscaba rebanarles a los “campesinos” una tajada de sus cuantiosas ganancias, para volcarlas a la inversión social.
El país se dividió. Las votaciones en el Parlamento entre los que estaban a favor y en contra del proyecto del gobierno terminaban siempre empatadas. En su calidad de Presidente del Senado le tocó definir, desnivelar, la votación al vice-presidente de la Nación, el segundo de Cristina K., Julio Cobos. Éste, en un acto que repudiaría hasta el más vil de los canallas, traicionó a su jefa y votó en contra del proyecto del gobierno. Votó a favor de los grandes “pools” sojeros, votó a favor de las multinacionales extranjeras, votó a favor del gran capital.
Nadie ignora que el capital es el más temido de los elementos sociales y políticos. La capacidad económica y financiera de las empresas se va transformando poco a poco en capacidad política y se va adueñando insensiblemente de la soberanía de un país.
En el 2009, el gobierno de Cristina K. envió al Congreso una nueva Ley de Medios que regularía el poder y la influencia de los mismo otorgándole pluralidad a la libertad de expresión. Ninguna empresa periodística podría tener en el futuro más de un solo medio de comunicación.
Cuando la ley sea aprobada por el Congreso, el grupo Clarín con 264 medios de comunicación, 246 conocidos, que incluye periódicos, radios, televisión abierta, televisión cable, internet etc., será uno de los más perjudicados. El año anterior Cristina K. le quitó la exclusividad del fútbol argentino -se emite, ahora, por televisión abierta y gratuita- y la semana anterior le caducó la licencia a Fibertel, empresa del Grupo Clarín, para la TV por suscripción con más de cuatro millones de afiliados. Adicionalmente, envió el informe sobre Papel Prensa a la Justicia y un proyecto de ley al Congreso para declarar de interés público la producción del papel de diario.
Papel Prensa fue comprada por Clarín, La Nación y La Razón, en el apogeo de la dictadura militar, el 2 de noviembre de 1976 a su legitima dueña, Lidia Papaleo, quien fue secuestrada y torturada en los pozos de Banfield , cuatro días después de haber firmado el traspaso de sus acciones a los periódicos mencionados.
A los militares de la última dictadura, a los genocidas -Cristina K.- los tiene en los estrados judiciales respondiendo por sus crímenes de lesa humanidad. A la Iglesia, la que escondía a los prisioneros en sus predios cada vez que llegaban los defensores de los Derechos Humanos al país, la tiene rezando de rodillas. Hace escasos dos meses le asestó otro golpe promoviendo y concretando a través del Congreso la legalización de los matrimonios entre parejas del mismo sexo. El primer país de Latinoamérica en hacerlo.
Pero es en el orden económico y social donde el gobierno de Cristina K. obtiene las mayores notas. Aupado por una cosecha récord de 100 millones de toneladas de granos (16% más que Brasil) y por una industria automotriz que no da abasto en la fabricación de vehículos, el país gaucho tendrá un crecimiento económico de más del 10% en su PIB en el 2010, según predicciones del Banco Mundial. Los cuatro principales cultivos del campo: soja, maíz, girasol y trigo le dejarán a los productores del campo una rentabilidad neta de 9.399 millones de dólares, marcando un nuevo récord en las ganancias del sector. Las reservas del Banco Central, que en el 2001 estaban en sus mínimos históricos (menos de 5 mil millones de dólares), hoy superan los 52 mil millones de dólares. La tasa de desempleo que en el 2003 alcanzaba casi el 23%, hoy es tan solo el 7,9%. Lo notable, lo llamativo, lo meritorio, es que estas cifras se logran sin inversión extranjera.
En su última visita a Buenos Aires, el ex presidente norteamericano, Bill Clinton, vaticinó que a este ritmo la Argentina (país en donde la salud y la educación son gratuitas, obligatorias y tiene rango constitucional, incluso para los extranjeros), se colocará en el término de una década entre los ocho países más importantes del mundo. “No estoy leyendo el diario de Yrigoyen”, le dijo Clinton a un periodista comercial de Clarín que lo interpeló.
The Economist - el medio periodístico que más detesta a Cristina K. en el mundo- ha admitido en, su última edición, que esta puede tranquilamente ser reelecta en las elecciones presidenciales del 2011 en la Argentina.
-¿Cuántos estudiantes colombianos tenemos becados en Argentina?, preguntó Cristina K. al embajador Martín Balza durante la posesión de Juan Manuel Santos.
- 2.500, contestó el diplomático.
- Quiero que esa cifra se duplique, ordenó Cristina K.
- ¿Y cuántos presos argentinos hay en cárceles colombianas?, insistió la presidenta sureña.
- Solo uno, respondió el embajador argentino en Colombia.
- Quiero que esa cifra se disminuya, dijo Cristina K. con una sonrisa.
¿Quién se acuerda de los perdedores? Apenas dos o tres párrafos para resaltar su hidalguía, su bravura. ¡Vendió cara su derrota!, dio pelea hasta el final aun sabiéndose inferior, vociferan con entusiasmo mecánico los relatores deportivos para luego cortarse dejando el repertorio de oraciones felices para los felices ganadores. Se reconoce, eso sí, en el vencido su heroica paciencia para soportar el infortunio. Fue un excelente perdedor, sentencian los entendidos. La frase del barón Pierre de Coubertin, representa para el competidor una especie de santo y seña que lo habilita al disparate: "Lo importante es competir no triunfar".
Eric Moussambani, una especie de "enfant terrible" de la natación, que representó a Guinea Ecuatorial en los Juegos Olímpicos de Sydney 2000 será recordado como uno de los perdedores más célebres que dejó la justa en toda su historia. http://www.youtube.com/watch?v=3zjCc_VyxM4
Moussambani, "alias la anguila",cubrió (decir nadar es una insensatez) la prueba de 100 metros libres en 152,72 segundos, más del triple que el apático holandés Pieter van den Hoogenband que empleó 47,84 segundos, estableciendo un nuevo récord para la especialidad.
Mientras el ganador Hoogenband recibía las congratulaciones de rigor, concedía abrazos y escuchaba su himno, Eric Moussambani, "el terror del cronómetro",continuaba- en el agua -, su desigual batalla con el destino. El público deliraba. Moussambani movido por una fe casi irracional chapaleaba en la piscina olímpica procurando alcanzar la meta. Pronto comprendió el respetable que ese "inseguro" aprendiz de natación africano de alguna manera intima los representaba... De la hilaridad inicial pasaron a la perplejidad y luego a la súbita gratitud.
"Un hombre es todos los hombres", decía Borges; Moussambani, el peor de la clase, el último de la fila, es uno de los nuestros, reconocía la turba enardecida. ¡Vivan los deportistas de fin de semana! Bienaventurados los esforzados héroes de la ciclovía. Gloria, gloria, aleluya para los gorditos que fatigan el pavimento sin ninguna esperanza. El reino es para los atrevidos, para los audaces, para los generosos.
Los jurados del certamen, pálidos hombres de porte adusto y ceño fruncido no daban crédito a lo que veían sus ojos. El público, ahora, lanzaba al aire mullidos almohadones de pluma de pato, el júbilo era total; el tenaz esfuerzo de ese incompetente había producido la magia...
El anti-récord Moussambani, mientras tanto, se debatía en el agua, asombrado de su proeza: había hecho todo mal y, sin embargo, no se había ahogado. Un héroe."Los últimos quince metros han sido los más difíciles de mi vida", confesaría al terminar la prueba. ¡El espíritu olímpico estaba más vivo que nunca! Desde alguna lejana galaxia el barón Coubertin esbozaba una contagiosa sonrisa de triunfo.
Moussambani, nacido el 31 de mayo de 1978 en Guinea Ecuatorial, había conseguido participar en los Juegos Olímpicos sin alcanzar los tiempos mínimos requeridos, gracias a un sistema diseñado para permitir la participación de deportistas de países en vías de desarrollo.
En las eliminatorias de 1999 compitió con otros dos nadadores africanos, admitidos en los Juegos por el mismo sistema y luego descalificados por una falsa largada, por lo que Moussambani nadó solo y obtuvo el derecho a representar a su tierra.
Hasta antes de llegar a las olimpíadas de Sydney, el intrépido Moussambani, jamás había visto, ni en fotos!!! una pileta olímpica de 50 metros. En su país no existen esos lujos. Tampoco hay escuelas, ni hospitales, ni carreteras, sólo corrupción, hambre, miseria, guerra y desolación. En esos rubros gozan de soberanía absoluta.
Moussambani no pudo participar en los Juegos Olímpicos de Atenas de 2004, ni en las de Pekin 2008, a pesar de haber bajado su marca personal a los 60 segundos, a causa de un problema con el visado.
Los cables internacionales nos hablan, hoy, del retorno de "la anguila". ¡Que tiemble!, "El Torpedo" Ian Thorpe: "Moussambani is back".
El mundo contiene la respiración...
¡Aguante Moussambani! ¡No te mueras nunca! ¡Idolo!
¡Vamos todavía!
¡Juan Manuel Santos asume la Presidencia! Ha comenzado oficialmente el reinado de la santuloneria. Es la hora del gran santulón: semidiós que debilita o disimula las verdades con su voz de trueno. Llega con un correo de unidad nacional, de reconciliación, con una manta de perdón y olvido. Llega con un mensaje que tiene algo de marcial y mucho de eclesiástico: “Ama a tu prójimo y aguanta la cruz”. Llega con la saludable intención de no interferir con los otros poderes, especialmente en el judicial. En las dictaduras sureñas de los 70 eran los obispos de la Iglesia Católica quienes abogaban por la reconciliación luego de que la trilladora militar hiciera el “trabajo” de separar el trigo de la cizaña. Ahora es el poder civil el que aboga por ella, el que admite que en la sociedad colombiana hay llagas profundas que tardarán en cicatrizar.
Santos no desconoce que para ganar la confianza del pueblo es ineludible blanquear la fachada del edificio que alberga a la democracia. La filosofía seguirá siendo la misma: cambiar, pero sin modificar. ¡Pintar el exterior, pero sin tocar el interior! Un mensaje de tranquilidad que el poder financiero - ¡el verdadero poder!- recibe con aprobación: zona liberada para los negocios, para los financistas, para la gloriosa confianza inversionista, “business as usual”. ¡El poder cambia de rostro, pero no de dueños!
Vivimos en una democracia extraña donde todos tenemos derecho al voto, pero no al dinero; sobrevivimos en una economía que no tiene en cuenta los problemas de carácter social ni humano, una economía que toma al ser humano como un elemento agregado a una estadística sin preocuparse por la calidad de vida de cada individuo. El resultado: concentración de las riquezas en unos pocos privilegiados y marginalización social en una intensa mayoría. Para que luego los pobres no digan que el puño del gobierno no sabe apretar.
El nuevo Presidente no tendrá un vuelo tranquilo: recibe un país lleno de heridas oficiales, de olvidos oficiales; un país aturdido por tanta violencia urbana y rural, un país sometido a un brutal desempleo donde la inseguridad que provoca el delito no es el fruto del pecado, sino el resultado del hambre. Recibe a un país que ocupa un puesto de relevancia en el deshonroso podio de la inequidad social en el mundo.
Pero no todas son pálidas para Colombia, una enorme bonanza minero-petrolera se cierne en el horizonte. Habrá que permanecer alerta para que el famoso “derrame” de bienestar y progreso también alcance a las capas sociales menos favorecidas del país. Toda una meta, todo un desafío.
Álvaro Uribe se retira del gobierno dejando a una sociedad polarizada, dividida y con la seguridad democrática, mecha y pulmón de su gobierno, duramente desafiada, especialmente en los grandes centros urbanos. ¿Cuántos seres limpios han bajado al sepulcro en su nombre durante su mandato? ¿Cuánto tiempo tardaremos en meditar sobre el espanto? ¿Qué es necesario que suceda para que esto ocurra?
Las comparaciones entre Santos y Uribe son inevitables, ambos provienen de un mismo tronco ideológico; ambos tuercen el brazo hacia la derecha. Sin embargo, hay diferencias sustanciales: el primero es citadino, el segundo rural; Santos es un general de escritorio que aspira a recibirse de estadista; Uribe es un capataz de hacienda que probó no serlo.
Con el nombramiento de María Ángela Holguín (excelente elección) en el Ministerio de Relaciones Exteriores el nuevo mandatario, ha enviado un mensaje en una botella a la comunidad internacional y especialmente al vecindario: ¡Queremos paz!
Apoyado por una apabullante votación popular, por el control del Congreso y por los medios de comunicación – casi todos le son fieles, todos necesitan de la mano del gobierno para subsistir- Juan Manuel Santos ha comenzado a caminar, ¿quién puede negarlo? es el poder andando.
Somos un país de poca historia, pero lleno de aniversarios, conmemoraciones, fiestas religiosas, condominios privados y estatuas ecuestres.
País pobre, himno largo.
Álvaro Uribe no se quiere ir de la presidencia sin hacer ruido, sin encender la hoguera con su ya familiar cohetería verbal, sin disfrazarse de sí mismo. La presencia de unos campamentos de la guerrilla colombiana en territorio de Venezuela fue la mecha que encendió los fuegos de artificio, en esta interminable zaga de desencuentros binacionales. Parecería que de su pelea personal con Chávez dependiera el futuro del mundo. Ciertamente, el primer mandatario colombiano sabe cómo organizar una campaña de indignación nacional espontánea. El rencor ciego, la ofensa y la amenaza son sus herramientas de trabajo. Un desafío político que obliga al destinatario a redoblar la apuesta.
Otra vez Caracas llama a consultas a su embajador, otra vez las tensiones, las corridas, la zozobra en ambas fronteras, las reuniones con los altos mandos; otra vez el llamado de urgencia a la OEA para que medie en el conflicto; otra vez la vergüenza internacional, otra vez la espada de la sinrazón en alto ¡todos alerta!, otra vez los odios que usurpan el lugar de la lucidez. Otra vez ambos pueblos, ambos hermanos, obligados a rezar para que la escalada verbal no encuentre respuesta en las armas.
La prensa oral y escrita nacional, ave rapaz que medra en la desgracia, no tardó mucho en olfatear la carnaza y alentar un conflicto que no necesita de promotores. Incluso unos periodistas de RCN fueron detenidos cuando intentaban alcanzar las coordenadas entregadas por el Ministerio de la Defensa. Querían, pretendían, estos intrépidos caballeros medievales, entrevistar a la guerrilla colombiana en territorio venezolano. Una insensatez, un gasto de viáticos innecesario pues nadie ignora que los cabecillas del secretariado se encuentran en el propio territorio nacional. Forajidos diezmados, sin ninguna influencia social o política; que acorralados por las fuerzas del orden, ¡huyen en calzoncillos tratando de salvar el pellejo!, según los partes oficiales.
Pero Uribe, exagerado en sus afectos y en sus odios ni calla lo primero ni oculta lo segundo, no quería que su despedida fuera un acto social anónimo, protocolar; un rutinario cambio de guardia bajo la lluvia estival, no, ¡eso no! Él necesita irse en medio de un fastuoso despelote internacional. Si es posible, con el Consejo de Seguridad a pleno reuniéndose en su nombre.
Uribe, da la impresión, da la triste y desoladora impresión, que con la última cerilla de su gobierno quiere incendiar la casa y arder con ella.
El presidente tiene una energía que, en lugar de agotarse en el debate estéril, en la provocación inoportuna, en la amenaza mediática, pareciera que se alimenta de ella. Todo su discurso parece un simple mecanismo para generar odio. Comparte el odio con su pueblo, como quien comparte un trozo de pan.
Alimentado por el odio y la pobreza crece la criminalidad y el álbum del espanto se llena de fotos de guerra. En la Colombia de hoy los chicos pobres saben que quien tiene un arma, come. Muchos de ellos no soportan la presión de salir a matar para comer y se suicidan. Las estadísticas hablan del suicidio de un menor de edad cada dos días.
Una sociedad que desprecia al pobre, que glorifica a los corruptos, a los mafiosos, a los genocidas y se hace llamar cristiana es un colectivo que necesita llamarse a una urgente revisión de valores. Lo peor de todo, lo desesperanzador, es que nos negamos a ver lo que está delante de nosotros.
Se va Uribe del gobierno dejando enfrentados y divididos a los colombianos en dos bandos: a unos los deja llenos de odio, a los otros también…
Con asombro escolar he notado que los colombianos le echan sal a la sopa antes de probarla. ¡Este descubrimiento me impactó!
Con proclamas de guerra no se consigue la paz.
Escribo antes que la distancia falsifique de algún modo el recuerdo. Antes de que las vuvuzelas se apoderen del último grito o el último rumor de este mundial plagado de curiosidades, que con toda justicia ganó España. Un mundial que será recordado por ser el primero en llevarse a cabo en el extremo de un continente olvidado. Pero es una crueldad barata echar una gota de pesadumbre en la copa de la felicidad. El fútbol es la excusa perfecta para medir orgullos, para acallar soledades, para despertar esa íntima pasión arrabalera.
Ganó España porque fue el mejor de todos, y porque la justicia, tan esquiva en el territorio africano, tan inapropiada cuando se habla de fútbol, se paseó por el Soccer City con su voz de trueno, en un día de glamour, de sudor y de lágrimas. En una jornada de fiesta que consagró a un campeón inédito. Final bien, todo bien, dice un viejo refrán alemán.
Holanda buscaba corregir su pasado sin marcas felices, sin estrellas en su camiseta en 90 minutos. En dos ocasiones, 74 y 78 había arañado la gloria, había luchado su lugar en el mundo frente a otras selecciones inferiores a la suya y había caído. El pulpo Paul, un cefalópodo pronosticador que fue uno de los personajes de este mundial, había emitido su veredicto condenatorio. No había caso: la apelación a esa sentencia debía encontrar una contundente respuesta sobre el césped de Johannesburgo. El destino, nombre con que denominamos a millones de cosas que no comprendemos, no lo quiso así.
De los himnos nacionales pasaron a los hechos. ¡A lo que venimos! España, fiel a su filosofía de entender el juego, impone su música desde el mismo inicio de la brega. Son canciones llenas de promesas que invitan a sus parciales al optimismo. Primer ataque a fondo de “La roja” y la defensa holandesa que se bambolea como un jabalí herido. Unos 80 mil espectadores –muchos de ellos pertenecientes al grupo de fanáticos sin frontera- disputan sus aullidos frente a las implacables vuvuzelas, alma y nervio de este mundial.
Holanda, la ex naranja mecánica (es un error comparar a esta banda de heavy metal con aquella orquesta sinfónica de Cruyff, Neeskens y cia.), reacciona y apela a todas las formas de lucha para frenar el ímpetu de la “furia roja”. El portero holandés Maarten Stekelemborg, comienza a cimentar su monumento de plata. Pasados los primeros 20 minutos, la ex naranja mecánica, comienza a bajarle los humos al mediocampo español con una ardua tarea de demolición, que hace mella y pone freno al tren ibérico. Las faltas tácticas sustituyen a la lucidez, al pensamiento. Los “tulipanes” se dedican - con exagerada vehemencia- a cortar circuitos. El juego se vuelve hostil, intrascendente. Un fútbol leñador carente de talento, pero lleno de incertidumbres.
En la segunda etapa Holanda cambia de chip y desparrama en el gramado lo mejor de su repertorio artístico: triangulaciones, pases entre líneas y juego preciosista de toque y devolución. Es más que España y lo sabe. Arjen Robben, solo frente a Casillas, tiene la gloria en sus pies y la dilapida inexplicablemente. Perder esa oportunidad en un partido tan cerrado es como tirar un trozo de pan al tacho de la basura en medio de una hambruna etíope. Sergio Ramos devuelve gentilezas y un cabezazo suyo se va por arriba del horizontal. Sin embargo, todo se definiría en el alargue…
La entrada de Cesc Fábregas, un cerebro fugado al fútbol inglés, en el tiempo suplementario le da un aire fresco a la selección española. Con el ingreso del catalán Andrés Iniesta encuentra el socio ideal en quien proyectarse. Holanda siente que el pulpo que, decretó prematuramente su caída, comienza a desperezarse en su acuario de Oberhausen, alemania. Siente que su destino, de alguna forma secreta ya no le pertenece, que otros han tirados los dados enfrente de los centuriones por ella. El final está cerca…
La expulsión del defensa holandés, John Heitinga, marca el comienzo del fin del espectáculo. El público español, sabedor del final de la obra, prepara su festejo. Andrés, “el cerebro”, Iniesta (se comenzaron a recoger pruebas para su beatificación) figura excluyente del match, solo tiene que cumplir con su destino de prócer para desatar el delirio en la península.
La selección española comenzó y terminó del mismo modo: atacando. Es un justo Campeón. Es un digno merecedor del triunfo.
La gloria es para los valientes, para los que se atreven a pagar un precio por ella, para los hombres de fe. Y para el pulpo, el rey de los pronósticos.
Con lo justo y sufriendo más de lo necesario la selección Argentina derrotó a Nigeria 1 a 0, dando comienzo a su andadura en el mundial de Sudáfrica 2010.La albiceleste demostró que no tiene necesidad de episodios intermedios para pasar de la alegría a la angustia en noventa minutos.
Los directores técnicos suelen manifestar, con cierto aire de suficiencia, que todo lo que ocurre durante un partido de fútbol ya fue previsto por ellos, ya ocurrió antes en un entrenamiento. Los antiguos filósofos griegos afirmaban que todo lo que va a ocurrir en nuestro tiempo ya ocurrió en el pasado. La vida está hecha de repeticiones, decían.
Borges en su fantástica narración " Deutsches Réquiem" habla de negligencias deliberadas, de humillaciones que son en realidad penitencias y de encuentros casuales entre dos personas que son en verdad citas prefijadas. Si todo esto es verdad, es normal que las innecesarias zozobras que padeció Argentina esta tarde, en el Ellis Park de Johannesburgo, para doblegar a Nigeria sean la cuota inicial, la seña de sudor y sacrificio que le demanda el destino para otorgarle la gloria.
El match comenzó a todo tren. Argentina atacó en los primeros compases de la brega con audacia, con determinación y con fe. Lionel Messi fue el teatro, el telón, el color, el actor y el espectáculo. La “pulga”, picaba con fuerza a la débil defensa nigeriana. La albiceleste jugaba a discreción. El match pintaba para goleada. Higuain y Messi, desperdiciaban ocasiones de gol, inexplicable en killers de talla y prestigio. El único que les disputaba el protagonismo a los delanteros gauchos era el formidable portero nigeriano Enyeama.
El gol -que se venía venir- llegó apenas a los seis minutos de iniciado el encuentro por intermedio de Gabriel Heinze: un defensa tosco, bastante resistido por la prensa gaucha. Maradona lo incluyó en la titular, casi como una apuesta personal. Heinze no lo defraudó: balón que va al centro del área y Heinze, el tosco, el irresoluto, el del Marsella de Francia, recibe la última información. ¡Golazo de laboratorio!
El primer tiempo de argentina resultaba un paseo por las nubes. Nigeria solo inquietaba por la franja izquierda, la que defendía Jonás Gutiérrez: miembro de honor del club de los inocentes engañados. Jonás nunca estuvo a la altura del acto que ejecutaba. Por ese andarivel entraba cualquiera que se lo propusiera. El volante del Newcastle arriesgaba su fama frente a hombres inferiores a él. Un experimento que “el diego” deberá corregir o desechar de cara al futuro.
En el segundo tiempo Argentina volvió a mostrar en su ofensiva destellos de su innegable talento, pero su defensa otorgaba franquicias. Atacaba de día y defendía de noche. Los últimos minutos del partido fueron de una angustia inmerecida, injusta. Perdido por perdido, Nigeria se lanzó a campo traviesa con los sables levantados. A diez minutos del final, Uche tuvo la ocasión de empatar el match pero su disparo se fue por encima del larguero. Argentina sufría a balón cruzado.
Maradona demoraba el revulsivo a la espera, quizás, que la delantera concretará alguna de las múltiples ocasiones que se le presentaba. Messi, ya había dado pruebas incontrovertibles que no era su tarde. Higuain, de pálida presentación, fue reemplazado por Diego Milito.
Con la entrada de Burdiso, por el inexpresivo Di Maria, Maradona revelaba sus intenciones de cerrar el bazar defensivo. ¡Basta de regalos del día del padre! No se puede vivir la vida pendiendo de un hilo que puede romperse.
El 1 a 0 puede sonar a una recompensa mezquina, a un magro botín para un plantel tan rico en nombres y talento, pero los tres puntos significan una fortuna en un torneo donde el resultado es más importante que el despliegue futbolístico.
“ No me cuentes los dolores del parto , muéstrame la criatura ”, dijo alguna vez Indira Ghandi.
Una fuerte coalición de circunstancias favorables nos permite vislumbrar un cielo despejado, para la albiceleste, por lo menos hasta los octavos de final. Tendrá, eso sí, que repasar algunos conceptos defensivos básicos, pero por lo mostrado en este alumbramiento tiene derecho a ilusionarse.
¡Ahí tienes la criatura, se llama Esperanza!
Argentina ganó sufriendo, tal vez este hecho, tal vez, de alguna manera ya estaba previsto.
La palabra crisis en griego significa juicio. No denota a priori un carácter ni positivo ni negativo. Sin embargo, se emplea para calificar momentos difíciles en la historia de las naciones. Por lo general, el término “crisis” se asocia a las penurias económicas de la población: padecimientos que paradójicamente brindan excelentes oportunidades de negocios a los grupos de poder.
Colombia sufre una colosal crisis de valores, que menoscaba sus instituciones y pone en entredicho sus proyectos como nación moralmente viable. Bajo su cielo se alberga un sorprendente vacío moral y una brutalidad mecánica que conmueve.
El categórico triunfo de Juan Manuel Santos en las elecciones del domingo pasado – que hace ver la segunda vuelta presidencial casi como un trámite innecesario- no deja dudas de que esta sociedad camina con los zapatos cambiados. Con valores invertidos. Una sociedad desesperada dispuesta a creer lo que sea, ¡en quien sea! Una masa amorfa que consume lo que se le da sin preguntar, sin cuestionar, sin objetar. Un pueblo que en vez de castigar a los corruptos, los premia.
Es difícil de explicar que una población con hambre y con millones de desocupados pululando en sus calles vote por el candidato de los ricos; vote a uno de los causantes de esta debacle moral, social y económica que hoy vive el país. Sólo bajo un parámetro desmoralizante, angustiante e injusto puede entenderse que el pobre aplauda a su verdugo. ¡Qué triste destino!
Pero los pueblos se nublan -¡temen! - y una glándula de patriotismo los lleva a actuar con irracionalidad. Es una falacia taquillera pregonar que la voz del pueblo es la voz de Dios. Tendría que ser un pueblo bien alimentado y pensante el que se presenta como ejemplo para poder probar esa teoría. El nuestro es un pueblo intelectualmente limitado; un pueblo abrumado de malas noticias, de políticos corruptos, de “falsos positivos”, de sonrisas a media asta. Un pueblo débil que necesita ser engañado cada cuatro años para darse cuenta de que existe.
Debería exigirse que el Congreso de la República -lugar donde se refugian los políticos que acceden a no hacer nada por 21 millones de pesos al mes- tenga colgado, en una de sus paredes, un cartel que diga: “Se prohíbe terminantemente burlarse del pueblo”.
Juan Manuel Santos es un líder con pocos principios y muchas prioridades. Una figura que representa la continuidad de un gobierno que no ha tenido en cuenta los problemas de carácter social y toma al ciudadano como un elemento agregado a una estadística. Un gobierno que le vendió el alma al sector financiero y aún le debe dinero.
Su doctrina de seguridad democrática sirve para todo, lo cubre todo, lo justifica todo. Las “chuzadas” a los jueces y al arco opositor son una leve transgresión, un pecado menor, una pilatuna escolar, que le sirve para mantener -al gobierno- la casa “en orden”.
Antanas Mockus, el rival de Santos en el “play-off” presidencial del próximo 20 de junio, es un producto de las redes sociales. Casi nunca en los debates televisivos estuvo a la altura de las esperanzas de la gente decente. Con pasmosa regularidad se mostró ambiguo, titubeante y lento en sus respuestas, dejando en la audiencia la impresión de que ignora que echando balones afuera no se gana partidos.
Sin embargo, bajo ese estilo, lleno de innecesarias formalidades, se siente palpitar un corazón honesto, pleno de sinceridad. ¡Tendrá que pasar a la ofensiva y atacar dialécticamente a Santos si quiere tener chances de alcanzar la presidencia! La vida siempre les da una segunda oportunidad a aquellos a los que no les dio una primera.
Las elecciones del domingo dejaron un sabor amargo, un sabor a trabajo mal hecho, a lecciones no aprendidas, a otra oportunidad perdida. El sueño de la Colombia honesta y transparente volvió a diluirse en medio de los engaños electorales.
Lo penoso es ver a esa juventud que se borra, que emigra, que huye de su propia patria, de su tierra, porque no percibe ningún futuro en ella. Una juventud que lo arriesga todo con tal de escapar de la tiranía de los corruptos. Si hay que morirse de hambre es mejor hacerlo en Madrid o Barcelona, piensan los jóvenes.
Dicen que el sol detesta al pensamiento, lo hace retroceder y refugiarse en la sombra.
En esa sombra estoy esta noche tratando de descifrar, de entender, a este querido y amado país lleno de problemas y de riquezas.
Argentina, el país de las espigas de oro y las espuelas de plata, está de festejos, de celebraciones, de homenajes, de exaltación patriótica. El amor no es un acto meramente administrativo. La nación del sur del continente, una de las más ricas en recursos naturales del mundo, tiene motivos para celebrar ¡Está viva! ¡Está de pie! ¡Está entera! Le tocó vivir tiempos difíciles, pero sólo cuando la desgracia la ha sitiado ha conocido el temple, el coraje, la pujanza y la inteligencia de su pueblo. En sus 200 años de existencia no ha tenido vida, sino cuando ha creído perderla.
A esta tierra larga, como una pena india, se la puede juzgar sólo a través del corazón. Cualquier análisis serio resulta imposible. En lo malo y en lo bueno ¡ella es diferente, inigualable! Vive bajo un cielo de rebeldía permanente, de debate permanente, de crisis permanente, de locura permanente, de zozobra permanente y de permanente búsqueda de su propia identidad. El argentino es un italiano que habla español y cree que es inglés.
Argentina es una pampa generosa, hospitalaria. Un país de frazadas suaves, de manos abiertas, de brazos extendidos. El preámbulo de su Constitución habla de libertad (muchos murieron en su nombre), y expresa con claridad su misión, que es también su destino: “…asegurar los beneficios de la libertad para nosotros, para nuestra posteridad y para todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino; invocando la protección de Dios, fuente de toda razón y justicia”.
A comienzos del siglo pasado millones de desterrados llegaron a sus playas. Llegaban con sus tristezas (de ese desarraigo nació el tango), con sus hijos, con sus vergüenzas, con sus miedos. Llegaban con hambre. ¡Mi padre fue uno de ellos! “Nos recibieron como si en vez de llegar, regresáramos”, nos contó un día de mayo. ¿Cómo se puede explicar el amor? ¿Cómo se puede pagar tanto con tan poco?
La historia Argentina - tomo por comodidad narrativa los acontecimientos trascendentales de sus últimos 100 años de vida- es una miscelánea formal donde abunda la improvisación, el fraude, la corrupción, la violencia, el terrorismo de estado, la dictadura sindical y los temidos “ajustes” del FMI. ¡Es un milagro que luego de haber soportado todas estas enfermedades, el país del maíz prodigioso y el cebadal azul todavía esté de pie!
En 1916 Hipólito Yrigoyen asumió la presidencia, elegido por voto secreto y popular. Su segundo gobierno -1928-1934- fue abruptamente interrumpido en 1930 por un golpe militar. El caudillo radical se retiró de la Casa Rosada derrotado sin ser vencido, entre los escombros del templo constitucional que él supo levantar, pero no sostener.
Las proclamas militares, el autoritarismo y la mentira usurparon el lugar de la lucidez. El país de las espigas doradas amarraba su destino al potro de la tiranía. El poder económico, ¡cuando no!, había armado el brazo que iba a castigar con fiereza, durante décadas, a las libertades individuales. El pensamiento único fue un requisito de estricto cumplimiento. “¡Bárbaros, las ideas no se matan!”. El reloj del crecimiento se detuvo. La democracia se convirtió en un breve interludio entre un gobierno militar y otro. Gracias a estos caballeros de águilas honrosas, Argentina pasó de ser un club inmensamente rico a uno que peleaba por no descender de categoría, por escapar de la pobreza.
La llegada de Juan Domingo Perón, al poder en 1945, un fenómeno extraordinario dentro de la política local, trajo alivio a la clase trabajadora. Al ejército le resultaba incomprensible que un general hablara de reivindicaciones sociales. ¡Dónde se ha visto! Para la gran burguesía y los grupos terratenientes “tumbarlo” no sólo era una cuestión de dignidad, sino de legítima supervivencia. La Revolución Libertadora de 1955, integrada por compañeros de armas del propio Perón, cumplió con su papel de redentor de las clases privilegiadas y envió al exilio al intrépido general. Perón retornaría a la Argentina en 1974, para un segundo mandato que no alcanzó a finalizar.
“Volveré y seré millones” grita desde su tumba, enclavada en el cementerio de la Recoleta, Eva Perón, Evita: la madre de los “descamisados”, de los trabajadores, de la Argentina. “La señora”, una de las más grandes mujeres en la historia de la humanidad.
Cada gobierno militar que asumía traía consigo su propia agenda de torturas, su propio “grupo de tareas” para “ablandar” a la disidencia. Pedir justicia era un exceso. Pero nadie pudo ni tan siquiera imaginar lo que se venía.
En 1976, bajo el pomposo nombre de “Proceso de Reorganización Nacional” asumió el gobierno una junta militar integrada por Jorge Videla, Emilio Massera, y el brigadier Orlando Agosti. Un homenaje al fanatismo; una banda de asesinos a quien Hitler hubiera mirado con horror y con miedo.
El balance en términos contables tras siete años de gobierno militar arrojó un superávit criminal de más de 30 mil desaparecidos, una guerra perdida con Gran Bretaña y una deuda externa que superaba los 110 mil millones de dólares. Pocas naciones en el mundo son capaces de resistir semejante “cañonazo bailable”.
En el 2001, durante la presidencia del tibio De la Rúa Argentina, literalmente quebró. Cesó de pagar. Los organismos internacionales de crédito la intimaban a honrar sus compromisos. El Fondo Monetario Internacional, FMI, exigía el clásico “ajuste”, la misma receta que hoy le propone a Irlanda, Grecia y España. La gente se lanzó a la calle. La guerra civil asomaba en el horizonte. Ante la negativa a obedecer las órdenes del FMI y como retaliación a esa desobediencia, ningún organismo de crédito le quiso prestar plata para salir del atolladero. ¡Paradójicamente esa negativa la salvó!
De repente la Argentina, la que recibió con los brazos abiertos a millones de inmigrantes carenciados de todo el mundo, no tenía quien la abrazara. Sólo Venezuela le extendió la mano. Sólo Chávez -el demonizado Hugo Chávez- le alcanzó el vaso de agua: le compro títulos públicos, activó con dineros frescos sus empresas, movió su economía.
La Argentina de hoy, que se encamina hacia un Estado plurinacional y pluricultural, es un país en franco desarrollo, crece anualmente a ritmos asiáticos. El último trimestre creció un 9,9% y mantuvo la desocupación en un solo digito.
Una nación es un estado de ánimo.
Sean eternos los laureles que supimos conseguir, coronados de gloria vivamos o juremos con gloria morir.
¡FELICIDADES ARGENTINA!
Siempre me atrajo la historia de She Huan-ti, el asombroso primer señor o emperador chino, que ordenó construir la Gran Muralla para aislar a su país del mundo y luego mandó a quemar todos los libros anteriores a su reinado para aislar a esa China de la China exterior. Esa idea, esa obsesión, ese delirio de querer aniquilar o suprimir la memoria escrita lo terminó perdiendo.
Es gracias a la memoria que los elefantes pueden ubicar los charcos de agua, las plantas para alimentarse y dónde comienza el hostil desierto. A ella se debe que los paquidermos se acuerden - eso jamás lo olvidan- dónde se esconden los cazadores que codician sus valiosos colmillos de marfil. Es a través de la memoria que recuerdan a sus ancestros, a sus muertos, y cada vez que pasan frente a sus tumbas practican el ritual sagrado de saludar sus huesos. ¡Memoria de elefante, que se llama! En eso también se diferencian de los humanos: son agradecidos.
Sin memoria no se puede construir una sociedad, una moral, una ética cívica. Si se carece de ella, uno puede, tranquilamente, considerar que estos ocho años de gobierno de Álvaro Uribe fueron un paseo por las nubes o una fiesta de egresados de los testigos de Jehová; que Juan Manuel Santos fue un hombre sincero, honesto, serio; que en Colombia no hubo ni desaparecidos ni desplazados; que los jóvenes de Soacha eran guerrilleros, muertos en enfrentamientos con las fuerzas del orden.
Es la memoria -la que nunca muere- la que almacena las barbaries de las FARC, sus secuestros extorsivos y su guerra sin sentido con un gobierno democráticamente elegido por el pueblo. Estamos inundados de muerte, pero por sobre todo de tanta lágrima inútil.
Sin memoria no hay “chuzadas” del DAS a los jueces, al arco opositor, a la prensa independiente, a los ciudadanos de a pie. Sin memoria no hay desapariciones forzadas ni ejecuciones extrajudiciales. Se habla de más de 150 mil casos en zonas que están bajo la influencia de grupos paramilitares. En un país atendido por sus propios dueños es difícil de creer que esta purga a tiros pueda suceder sin el conocimiento de éstos.
Solo la podredumbre moral de la clase gobernante, nuestra indiferencia, y la lentitud de los administradores de justicia nos impiden ver, por ahora, la totalidad de la destrucción del tejido social.
Sin memoria tampoco hay repaso de las embajadas y notarías que el gobierno concedió a sus sacristanes. Es la memoria la que nos ayuda a recordar a esos medios de comunicación que fueron la caja de resonancia del gobierno y que tanto daño nos hicieron con sus mentiras.
En este certamen de infamias hubo gente incapaz de un momentáneo decoro: Álvaro García, ex director de noticias de RCN Televisión, fue uno de ellos. Pasaba como “primicia exclusiva” los comunicados oficiales de la Casa de Nariño. El gobierno de Uribe le pagó esas coberturas “en directo” nombrándolo Embajador en Argentina. Es tal y de tanta magnitud el descrédito en que han caído algunos medios de comunicación que la gente duda de “lo que está pasando” solo porque lo dice la prensa.
Uribe y Santos conforman una dupla algo incómoda (a rather unconfortable combination). Una densa cronología de coincidencias e intereses mutuos los llevó a unirse, pero no es inverosímil suponer que cuando le llegue el momento a Juan Manuel Santos de responder ante la Justicia por los “falsos positivos” (sólo resultando elegido presidente podría eludir ese compromiso con la ley), Uribe le soltará la mano. Ambos se proclaman liberales de corazón ancho, pero olvidan que uno de los principios fundamentales del liberalismo es la defensa acérrima del individuo.
En Colombia se puede vivir feliz, ciertamente muchos lo consiguen: basta con tener una buena renta, no intentar jamás mirar para abajo y, por sobre todas las cosas, ¡no tener memoria!
La historia es la memoria de los pueblos.
El Barcelona, el equipo perfecto, ya es poesía del pasado. En un partido, que la gente honrada tratará de olvidar lo antes posible, fue apeado de la final de la Champions. El Inter de Milán había comenzado a derrumbar el edificio del Barza -que parecía blindado al fracaso- la semana anterior en el San Siro y anoche en el propio Nou Camp finalizó con la recogida de escombros. Lo que no tiene principio ni fin es eterno, pero en el fútbol, como en la vida, nada lo es.
Inter llegó tranquilo a la ciudad Condal. La diferencia de 3 a 1 a su favor, con la que había finalizado la brega en Milán, permitía esa tranquilidad displicente, para muchos ostentosa. José Mourinho, quien siempre tiene un stock de provocaciones a la mano había “calentado” el ambiente. La afición culé esperaba en las gradas la contundente respuesta de su equipo a esas declaraciones injuriosas del técnico portugués, pero las cosas no sucedieron como los blaugranas las habían imaginado.
Sabedor de su potencial, el Barcelona salió tranquilo –tal vez demasiado- a disputar el partido de la temporada, “el partido del año”, y se fue gruñendo del gramado como perro apaleado. El Inter le cortó las piernas desde el mismo comienzo del match con una defensa de cemento.
El catenaccio del Inter desnudó limitaciones en el Barcelona que desconocíamos y, por varios pasajes, lo hizo ver mal frente a su parcialidad. Messi, su arma letal, exponente de la ideología y filosofía del positivismo que pregonaba Auguste Comte, no podía con el cerrojo milanés. Las puertas del área neroazzurri permanecieron cerradas con triple candado para él. Cualquier técnico de fútbol sabe que a los cracks, a los “fuori di clase”, únicamente se los puede controlar con un sistema de ayudas, de relevos, de turnos, de defensa escalonada. Al costado de la gramilla Mourinho sonreía, la primera parte de la “operación neutralizar a Messi” se cumplía de acuerdo a lo programado.
Sin embargo, promediando el primer periodo ocurrió un imprevisto: Motta, el duro mediocampista, pieza vital en la sala de máquinas del equipo milanista, fue expulsado del terreno de juego en una decisión arbitral apresurada, acaso injusta. Se pensó que ese acontecimiento, casi fortuito, ciertamente inesperado, podía marcar un “antes y después” e inclinar la balanza a favor del local, pero eso tampoco ocurrió. El Inter ajustó el cerrojo, aun más, poniendo al rumano Chivu en el puesto del irascible Motta. El encuentro se tornó físico y muy conversado.
El segundo periodo fue todo del Barcelona hasta ese gol inútil de Piqué sobre el final del match, que solo servirá para decorar alguna estadística. Lucio, Samuel y Cambiasso, este último para mí el mejor del campo, se encargaron a pura táctica de contener las insensatas arremetidas de un Barza desconocido en su fútbol. La táctica, esa que oculta la falta de técnica, fue suficiente para contener a un equipo culé que lució cansado.
Los últimos minutos del encuentro fueron intensos. El gol de Piqué despertó a la parroquia que sintió que la hazaña, impensada por el mal juego del Barza, era factible. El fútbol está lleno de zonas imaginarias donde las proezas son posibles.
Messi, de quien siempre se puede esperar algún milagro de última hora comenzó inesperadamente a tener más contacto con el balón. La entrada de Bojan por el intrascendente Zlatan Ibramovic le dio profundidad al ataque. Esos últimos minutos fueron un cañoneo constante sobre el área del Inter. Las fuerzas de seguridad del neroazzurri sacaron todo lo que les cayó desde el cielo y desde las esquinas. El Barcelona tiró del orgullo, entregó todo lo que tenía que ofrecer, pero la remontada fue un puente demasiado lejano para un equipo que no supo dominar ni su ansiedad ni su cansancio. A veces pierde el equipo que juega a ganar y gana el que juega a no perder.
El Real Madrid puede dormir tranquilo, el Barza, el que nos hizo soñar, el del "fútbol champagne", no estará en el Bernabéu el próximo 22 de mayo, lo reemplazará el Inter de Milán, el del fútbol amarrete, mecánico y siestero que no deja propinas.
Hay decepciones que honran a quienes las inspiran.
Nada es eterno.
Francisco Maturana, el filósofo de camarines, retornó a la escena nacional. Regresó como una viuda de la guerra a reclamar la medalla de la legión de honor, un puesto en la historia y una respetable jubilación de privilegio. Desbordado por ese lobby intencionado, el presidente de la Federación Colombiana de Fútbol, Luis Bedoya, un personaje tibio que no le dice que no a nada y a todos les promete algo, le entregó en bandeja de plata el aparatoso título de mánager general de la selección. Una decisión polémica, apresurada, que golpea la confianza inversionista de la afición y que puede convertir al país futbolero en un parapléjico sin remedio.
Apenas fue confirmado como director técnico en desarrollo (una exigencia de la FIFA) míster Maturana - fiel a su estrategia de pases cortos y laterales que tanto exaspera a la popular-, se apresuró a decir que el técnico ideal para la selección era nadie menos que su compadre Hernán Darío, el Bolillo Gómez. Elección que, de concretarse, marcará una regresión inadmisible para el fútbol colombiano que sufre desde hace rato una permanente y triste decadencia.
Maturana sólo necesita un vaso de agua y un micrófono para empatar cualquier partido por más difícil que este sea o parezca. Con un tono de homilía y un relato exacto consigue que cualquier duda parezca irreal. Sin embargo, sus últimas performances como director técnico de selecciones ajenas han sido penosas.
En Costa Rica, 1999, solo le permitieron dirigir 11 partidos, antes de sacarlo a empellones. En Perú, 1999-2000, fueron más generosos y lo dejaron tutelar 14 partidos pero lo echaron de mala gana por la prensa: “Podemos aceptar que los técnicos argentinos sean verseros pues ellos lo han ganado todo, pero lo de Maturana es inaceptable”, decía un periódico de Lima el día que el profesor chocoano emprendía su regreso a casa.
De 2008 al 2009, el profesor Maturana estuvo a cargo de la selección de Trinidad y Tobago dirigió 29 encuentros internacionales y los envió a dormir temprano, eliminados de Sudáfrica 2010. Es cierto que lo despidieron con sonrisas –los morenos cantan y bailan hasta en los velatorios- pero le rogaron que no volviera más por esos lares. Ni siquiera de vacaciones.
De Hernán Darío Gómez se habla con respeto, pero en pasado. Su reciente historial prescinde de triunfos, de éxitos deportivos y de alegrías domingueras. Al Bolillo esa anomalía en su carrera de técnico poco le preocupa, poco le incomoda: él está siempre de pretemporada.
De 2006-2008, Gómez, dirigió a Guatemala, un país sin ideologías futbolísticas; una selección de emociones precarias. Al Bolillo le hubiera bastado con un par de triunfos a domicilio para quedar en el mármol de la historia de esa nación. ¡No pudo! La tarea le quedó grande. Discretamente, como corresponde, los directivos guatemaltecos le señalaron el camino al aeropuerto. No se lo calumnia si se tilda su trabajo como decepcionante.
En 2009 los directivos de Independiente Santafé pensaron que con un técnico “de nivel internacional” al frente del plantel podrían al fin dormir sin ansiolíticos y alcanzar los cuadrangulares finales. ¡Se equivocaron feo! El Bolillo los dejó endeudados y sin cuadrangulares.
Es verdad que Maturana y Gómez clasificaron en los 90 a la selección Colombia a los mundiales de Italia, Estados Unidos y Francia, pero también es verdad que desperdiciaron, dilapidaron, a una generación de futbolistas extraordinarios, irrepetibles. Los libros dirán que este tándem tuvo la gloria del fútbol colombiano en sus manos y la rifó. Hoy es una dupla detestada por cualquier taxista.
Con la partida de Valderrama, Rincón, Valencia, Escobar, Higuita, Asprilla se cerró un ciclo de jugadores brillantes, pero con pocos logros. ¿Cuántos años tendrán que pasar para que Colombia vuelva a tener esa pléyade de futbolistas?
Luis Bedoya, tal vez a instancias de Álvaro González, el verdadero dueño del balón en la Federación, ha preferido hablar con Maturana y Gómez en vez de intentar oxigenar las venas con sangre nueva, con ilusiones nuevas, con nombres nuevos. Olímpicamente ha ignorado a técnicos ganadores, actualizados, como Leonel Álvarez o Diego Edison Umaña.
La Federación ha preferido apostar por generales derrotados antes que por coroneles victoriosos. La arrogancia y miopía, con la cual se manejan sus directivos les ha impedido ver el ejemplo de Chile, que pudiendo elegir al director técnico del Real Madrid, Manuel Pellegrini - un connacional de probada eficacia en los equipos que dirigió- pateó el tablero y optó por Marcelo Bielsa, un desafío, un extranjero. La dirigencia austral asumió un riesgo, un costo. ¿Acaso no es para eso que están los dirigentes? El resultado está a la vista de todos, ¡Chile va al mundial, Colombia no!
No creo que Francisco Maturana sea el hombre indicado para despertar al fútbol colombiano de su larga siesta de invierno. Maturana es un vendehúmos que cree poder curar a cualquier enfermo con solo tocarlo.
¡Agárrense de las manos! La rosca paisa que dividió al país en la década pasada ha retornado.
¡No esperen milagros!
Después de más de doce años, Pablo Emilio, el hijo del profesor Gustavo Moncayo, ha regresado a casa como quien regresa desde el fin del mundo. Dios, el eterno e infinito, ha permitido que el más antiguo prisionero que existía sobre la faz de la tierra se reincorpore a su hogar, a la sociedad, a la vida. Su destierro su ausencia, -lamentable y bestial- es una evocación cruel que duele, hiere y demuestra expresivamente la estupidez humana. La vigencia de la sinrazón.
“Solo la fe en mi país me ha mantenido con vida”, dijo Pablo Emilio con una sonrisa que le hervía en el pecho. Esas palabras conciliadoras, agradecidas, nos revelaron que el ex prisionero aún es un joven bisoño, nuevo en la escuela del mundo. Un mundo de esperanzas risueñas donde se agradece un derecho que por ley universal nos pertenece: el derecho a la vida, a la libertad, a vivir en paz. “Feliz el que perdona a los otros y el que se perdona a sí mismo”, pregonaba Borges en su evangelio apócrifo.
Pero es preciso tener más lógica que entusiasmo. La libertad de Pablo Emilio Moncayo no hubiera sido posible sin la perseverancia, la inteligencia y la tozudez de la senadora Piedad Córdoba. ¡¿Cuantos protones tiene esta mujer?! Ella sorteó con éxito la carrera de obstáculos que tuvo a bien imponerle el alto gobierno. Una prueba plagada de constantes dilaciones. En Colombia los hombres temen, pero las mujeres saben defender esa dignidad que ellos han olvidado.
A la luz de los acontecimientos es fácil conjeturar que hasta último momento el gobierno apostó por el fracaso de la misión humanitaria. Le parecía imposible que las FARC - individuos que pisan el pan y se alimentan del terrorismo, el secuestro, la carroña y la droga- pudieran liberar a su más insigne cautivo sin el empleo de la fuerza bruta; sin ese bombardeo frenético que ofende a la Pachamama (la madre tierra), sin esa locura con que los matarifes oficiales llaman a los ciudadanos a “defender la patria.
Pero Piedad Córdoba -la odiada, la temida, la enemiga del país- se sostuvo con ese valor y esa inteligencia que los intelectuales a menudo niegan a su raza. Y cuando las pantallas de televisión comenzaron a difundir las primeras imágenes de la liberación de Pablo Emilio, el gobierno se apresuró a acusarla de permitir que Telesur violara el protocolo. Clásica maniobra del burócrata que rechaza un documento de vida o muerte en la ventanilla del hospital porque le falta un sello.
Con ese detalle secundario, el régimen, en la voz del tibio Comisionado de Paz Frank Pearl, procuraba empequeñecer una gestión humanitaria que no lo tuvo –ciertamente- como protagonista. La airada reacción gubernamental seguramente hubiera resultado innecesaria si el presunto violador del protocolo hubiera sido la CNN.
Uno de los principios de la filosofía es encontrar respuestas precisas sobre hechos concretos. La pregunta que martillea al hombre de a pie no tiene una respuesta fácil ni sencilla: ¿Por qué Piedad Córdoba a pesar de todas las muestras de humanidad que ha dado es odiada en Colombia? ¿Cuánto tienen que ver los medios de comunicación con ese odio ciego? ¿Por qué esa resistencia a aceptar con agradecimiento y con dicha sus logros? ¿Qué político, hombre o mujer, en nuestro país es superior a esta señora?
Es obvio que Piedad Córdoba no ha sido lo suficientemente cuidadosa en la elección de sus enemigos. ¡No tiene enemigos pequeños! Una burguesía sin ideales la maldice y el gobierno central desconfía de su gestión humanitaria. Porque para Uribe la caridad es un crimen, tiene veneno en vez de sangre, y cuando no mata con el puñal, habla y mata el honor con el aliento.El sargento Pablo Emilio Moncayo ha regresado a “la casita de los viejos”. Ha roto las cadenas del pasado. Tiene toda una vida por delante, para arrastrar sus memorias y para perdonarnos… Esta no era la vida que él había premeditado y soñado. Olvidar es una forma de perdonar.
Dios el eterno, el infinito, ha permitido que Pablo Emilio regrese a la civilización, a los suyos.
Ojalá que este retorno no sea tan angustioso ni tan atroz como su larga ausencia.
Otra exhibición de Lionel Messi, otro domingo de sonrisas entre amigos, otro hat-trick, otro balón para la colección, otro rival que se retira a los vestuarios con la cabeza baja, otro que peina el césped con la vista clavada en el pasto para no mirar a los ojos al rey, tal como lo exige el protocolo de la Casa Real. “Hemos dejado todo, lo hemos entregado todo y sin embargo, todo no ha sido suficiente frente a este chaval”, piensa resignado, José Aurelio Gay, entrenador del Zaragoza, un equipo de emociones precarias.
La Real Academia Española pronto tendrá que inventar más adjetivos para calificar a este hechicero tercermundista. Durante la semana, el Valencia y el Stuggart alemán también habían sucumbido ante su magia. Ocho goles, que pudieron ser nueve, en una sola semana alimentan la imaginación y su leyenda. Ciertamente, Messi es un talento hermoso como plata vieja.
En el match del domingo “La Pulga” convirtió tres goles que pudieron ser cuatro si no le hubiera regalado el penal a Ibrahimovic -¡tomá y hácelo!- , para que éste saliera de una vez de su sequía goleadora. Fue un acto de sensibilidad social, casi un acto piadoso. Los héroes no saben disculpar las flaquezas humanas en las que ellos no incurren. Con una mirada que hubiera hecho callar a una junta de accionistas, Messi ordenó al gigante sueco Zlatan Ibrahimovic que fuera y ejecutara la pena máxima. El 4 a 2 franqueó la desigual contienda. Una acción generosa, desprendida, en esta época donde se sufre más la derrota individual que la colectiva. En una sociedad en la que cada personaje busca salvarse solo, Messi es el goleador de la Liga y el que más asistencias brinda a sus compañeros. Ciertamente, el rosarino se mueve en regiones que no están al alcance del hombre normal.
En el Sudamericano sub-20 del 2005, escenificado en el eje cafetero, ocurrió un evento que no me resigno a omitir y que pinta a Messi de cuerpo y alma. En el estadio de Armenia jugaba Venezuela frente a la Argentina. Como es habitual en los lugares donde se presenta la selección Argentina, la concurrencia silbó estruendosamente cuando la albiceleste saltó al gramado. En el fútbol no se puede amar sin odiar. En medio de la multitud, en medio de ese griterío reprobatorio e infernal, una bandera Argentina afloró en la tribuna popular. A Messi ese solo espectador local cinchando por su lejana patria, arriesgando quizás el pellejo en medio de una turba hostil lo impactó.
Pidió y consiguió que sus compañeros se dirigieran al sector; y, en un gesto que ennoblece a quien lo ejecuta, todo el plantel juvenil terminó aplaudiendo a ese piloto suicida que desafiaba a la tormenta con la cara levantada. Un balón selló esa unión que no conoce de infidelidades. Un homenaje al fútbol, un homenaje al hincha, un homenaje que un ser humano le concede a otro. ¡Ese es Messi: fútbol, calidad y grandeza! El partido finalizó 1 a1.Diego Maradona, director técnico de la selección Argentina, para muchos el más grande jugador de todos los tiempos, conversó el sábado último, por espacio de dos horas, con Lionel Messi en el hotel Majestic de Barcelona. No tiene celos de su gloria. Sabe que la suerte de la albiceleste en el próximo Mundial de Sudáfrica está amarrada a ese genio de pólvora a quien necesita en todo su esplendor para que obre el milagro.
Los domingos el hombre saca su alma futbolera a pasear, a refrescarse, a divertirse. Los domingos, no importa el lugar, la distancia o los problemas que le aquejen, el hombre regresa sentimentalmente al barrio, a la niñez, a la mesa familiar. Solo la risa se renueva a sí misma.
¡La magia está viva!
Los domingos son diferentes ¡Juega el rey Messi!
